Summary: Una vida marcada por el abuso y la violencia, un baúl lleno de sueños y el descubrimiento de lo bello que es vivir de la manera menos esperada... Los sueños, aveces se hacen realidad.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capítulo VII.
Ángel.
…......
Lo miré y traté de sonreírle a modo de saludo, consiguiendo una mueca parecida a una sonrisa, él cambio el gesto de su rostro y me miró como queriéndome decir muchas cosas, pero miró a nuestros acompañantes y pareció contenerse.
—Vamos, Jess —dije finalmente, sin estar dispuesta a que fueran ellos quienes nos despidieran—. Adiós. —Alcé mi mano en un gesto de despedida general y me fui.
…......
No podía dejar de dar vueltas en la cama, probablemente ya era tardísimo, todo estaba absolutamente oscuro, a penas lograba distinguir las figuras de los muebles en el cuarto y, aunque la única ventana en el lugar no tenía cortinas, no podía ver más que oscuridad através de ella.
Es más o menos como yo definía Forks; un profundo y negro agujero de oscuridad.
Tomé la almohada y la puse sobre mi cabeza como si así se fueran todos los pensamientos que estaban atormentándome. Estaba muy concentrada en mi labor, pero no lo suficiente como para ignorar el hecho de que la vieja ventana del cuarto, acababa de crujir.
Me congelé, con las manos aún sobre la almohada y me concentré en oír en caso de que hubiese sido el viento o una rama.
Otra vez.
Quité la almohada en seguida y me senté en la cama mirando hacia la ventana que estaba junto a la cama, encima del buró que separaba mi cama de la de Jessica. La miré aterrada y luego la ventana, la figura de una persona se distinguía con cierta dificultad por la espesura de la noche, pero era innegable que estaba ahí.
Cuando vi a la figura forcejeando con la ventana, me levanté pensando sólo en que no permitiría que un extraño entrase al cuarto mientras mi hermana estaba ahí, indefensa; tomé un zapato que encontré en el piso, me acerqué rápido y la abrí sin pensarlo demasiado, una ráfaga de aire helado entró y con él un horrible olor a alcohol.
Comencé a golpear al extraño con el zapato sin detenerme a preguntar y éste comenzó a quejarse enseguida
El hombre intentó sujetar mis muñecas, probablemente para detener mi precario ataque, y cuando finalmente lo consiguió, pensé con extrañeza que el "Intruso" estaba siendo demasiado gentil.
Un pensamiento estúpido, que duró sólo un segundo.
—¡Cálmate! ¡Vas a despertar a Jessica!
El susurro urgente del sujeto logró congelar cualquier parte de mi cuerpo que estuviese viva.
Porque no era ningún extraño.
Yo conocía a ese sujeto.
Enfoqué mi mirada con cuidado y vi al chico frente a mí, con una postura inestable y apestando a licor barato.
Yo conocía ese estado, también.
—¡Edward! ¡Por Dios! —jadeé demasiado sorprendida para decir algo más—. ¡Estas borracho otra vez! —junté las palabras finalmente mientras lo sentaba en mi cama.
Refunfuñó un par de cosas que no comprendí y me permitió guiarlo, hasta que se estabilizó en la cama, sentado, con una postura decentemente erguida para su condición.
Toqué su mejilla derecha con mi mano, sentándome frente a él en la cama, y acaricié con cuidado la línea de su mandíbula.
—¿Por qué te haces esto? —pregunté, francamente triste.
Me negaba rotundamente a comparar a Edward con Earl, bajo ningún punto de vista.
No, no lo era.
Pero ¿Cómo no sentir un vacío en la boca del estómago al verlo así? ¿Cómo no aterrarme? Por él… Por mí.
Estaba segura que no sobreviviría a otro vicioso en mi vida, estaba segura que no o al menos no saldría bien parada de aquello.
—¿Estás enojada conmigo? —susurró mirándome con los ojos rojos e hinchados, parecía como si hubiese estado llorando y no por la borrachera.
Negué con suavidad y me acomodé más cerca de él.
—No, enojada no —respondí mirándolo con tristeza, odiaba verlo así, odiaba que el alcohol ahogara su delicioso aroma natural, que tiñera de esa horrenda forma su voz, odiaba que él se hiciera aquello.
Edward se inclinó más cerca de mí, y posó sus manos en mis mejillas acercando mi rostro al suyo hasta quedar a un par de centímetros.
—¿Entonces porque me alejas? —murmuró mirándome tan intensamente que sentí que mis huesos se derretían.
—Edward… —susurré, sin estar muy segura de qué decir, sus ojos reflejaban tanto dolor, un dolor oculto, uno que lo hacía vulnerable y parecía suplicarme a la vez con la mirada que lo ayudara a espantarlo.
—No lo hagas por favor —rogó cerrando los ojos y acercando más su rostro hasta descansar su frente sobre la mía—. No te alejes.
Volví a sentir el aroma a alcohol y me revolvió el estomago, pero no fue nada en comparación a lo que sintió mi corazón al saber que Edward estaba haciéndose daño.
—No sabes cómo me duele verte así —confesé finalmente provocando que abriera sus ojos.
—Y tú no sabes cuánto te necesito. —Fue un murmullo increíblemente bajo, pero entonado con tanta urgencia y desesperación que no podía justificar.
¿Sería por la borrachera? ¿O habría algo sobre la vida de Edward que yo no conocía?
Sentí sus pulgares acariciando mis mejillas y movió su cabeza ligeramente provocando que su nariz se frotara con la mía.
—¿Vas a salvarme, ángel? —susurró sin abrir sus ojos, estaba acercándose lentamente, haciendo desaparecer el espacio que separaba nuestros rostros.
—¿De qué? —murmuré abrumada por su cercanía, no podía concentrarme en sus palabras porque sus acciones indicaban sólo una cosa, y me ponía sumamente nerviosa. Edward estaba buscando mis labios con los suyos, primero los posó sobre mi mejilla, muy cerca de mi boca.
No estaba segura de querer eso, jamás me habían besado, no sabía hacerlo, estaba asustada por no hacerlo bien y que no le gustara, estaba preocupada porque mañana él no lo recordara o se arrepintiese, estaba reticente porque no era así como había imaginado mi primer beso.
—De mí… —respondió, finalmente acariciando mis labios con los suyos al hablar, y el sólo sentir su suavidad, el sólo saber que era él quien estaba haciéndolo, hizo estallar una bomba de mariposas en mi estomago, sentí como si millones de hormigas recorriesen cada centímetro de mi piel y de pronto no pude seguir respirando, pero ya no fue una necesidad.
No mientras él tuviese sus labios sobre los míos.
Suspiré cuando la falta de aire me reclamó y en el acto, Edward presionó su boca sobre la mía, haciéndome inspirar con fuerza en un intento automático por calmar los furiosos latidos de mi corazón. Sus labios se movieron con insistencia y torpeza, esta ultima recordándome amargamente cual era su estado, sin embargo, cuando sus manos se movieron para envolver mi cintura y sostener mi nuca respectivamente, lo olvidé todo, si alguien me hubiese preguntado cuál era mi nombre en ese momento, por dios que no lo recordaría.
Incluso, olvidé que Jessica estaba ahí, en la cama paralela a la mía, hasta que su voz somnolienta me regresó a la tierra.
—¿Bella? —su llamado fue seguido por el "click" del interruptor de la lámpara sobre el buró.
En seguida puse ambas manos en el pecho de Edward y lo empuje sin dificultad, cayó de espaldas sobre mi cama y se sostuvo de los codos para no quedar completamente recostado.
No estaba segura si mi hermana lo vio prácticamente sobre mí, besándome, pero no hizo ningún comentario al respecto, se veía muy confundida y pasaba su mirada de Edward a mí, con los ojos entrecerrados por haber despertado recientemente.
—¿Es Edward? —me preguntó finalmente, yo me había movido hacía la punta de la cama y estaba sentada ahí muy erguida, fingiendo que nada pasaba—. ¿Qué hace aquí? —Su voz curiosa pareció llegar por primera vez a Edward, que se dejó caer de espaldas en mi cama y luego se puso de lado abrazando mi almohada con una sonrisa perezosa.
—No lo sé —respondí con sinceridad ladeando mi cabeza para mirarlo desde otro ángulo y una sonrisa de pura ternura se formó en mis labios al verlo en esa posición.
—Sí lo sabe —habló Edward, sin abrir los ojos, pero su ceño se frunció—. Las extrañaba.
Sentí mi pecho crecer de pura emoción ante sus palabras. Eso sonaba muy bien.
Me levanté de la cama y le quite los zapatos para que durmiese más cómodo, luego lo cubrí con las mantas y me incliné para besar su mejilla, sin embargo a mitad de camino me arrepentí y simplemente le susurré un suave "también te extrañamos". Su ceño se relajó en seguida y sus labios volvieron a estirarse en una sonrisa.
Me giré hacía la cama de mi hermana y ella se movió haciéndome espació.
—Vas a tener muchos problemas si Earl lo encuentra aquí —murmuró preocupada cuando me metí en la cama con ella.
Apagué la luz y me cubrí hasta el cuello con las mantas.
—No voy a dejar que se vaya así —respondí de la misma forma que ella.
La noche no fue tan larga como habría de esperarse ya que no dormí absolutamente nada, por una parte atenta a la puerta en caso de que Earl decidiera aparecer, y por otro lado, no podía dejar de revivir el momento en mi mente, cómo se sentían sus labios sobre los míos, cómo sus manos me sujetaron cerca de su cuerpo como si quisiera fundirse conmigo.
Y me asusté mucho más también, porque lo que sentí cuando él me beso, era indescriptible, y demasiado poderoso.
Pero llegó un momento, cuando comenzaba a amanecer, donde me dormí sin quiera notarlo. Desperté sobresaltada y asustada al ver mi cama vacía, pero me calmé al ver la ventana del cuarto medio abierta y luego, en uno de mis cuadernos que estaban sobre el buró, Edward había escrito una escueta nota:
"Lo siento mucho."
Por supuesto que sí, pensé. No habría forma de que él me basará conscientemente y mucho menos de la manera en que lo había hecho.
…
Estaba frente a mi casillero guardando los libros de mi anterior clase y sacando los de la siguiente, estaba muy nerviosa y las manos me sudaban y temblaban patéticamente. Me había pasado toda la mañana evitando a Edward para ahorrarme la vergüenza y tristeza de que se disculpará en persona, en especial porque yo estaba en pleno dominio de mis sentidos y había respondido con avidez.
No tenía cómo explicarle aquello.
"Resulta que estoy completamente loca por ti."
Definitivamente, no.
—Bella.
Los libros resbalaron entre mis dedos y cayeron al suelo de golpe, aunque intente detenerlos con mis manos, fui demasiado lenta y torpe. Me agaché en seguida ignorando a la persona que me había hablado, pero él se agachó junto a mí y recogió con mucha más eficacia mis cosas.
—Lo siento, no quise asustarte —se disculpó y me negué a mirarlo cuando me tendió mis cosas, y nos levantamos, clavé la mirada al piso.
—No te preocupes —dije con la voz sonando particularmente rasposa, me aclaré la garganta y tomé mejor mis libros con ambos brazos—. Y gracias.
Me arriesgué a mirarlo sobre mis pestañas, y me sorprendió verlo mirándome con ternura, y con una sonrisa que rayaba en la timidez.
—Siempre es un placer, ángel —pronuncio con tanta suavidad que, cuando sentí una suave caricia en mi mejilla, pensé por un momento que eran sus palabras, sin embargo, después fui consciente que eran sus dedos los que recorrían con vehemencia mi mejilla.
—Sobre anoche… —Hasta ese momento mi pulso se había acelerado de puro nerviosismo, pero ante la sola mención de la noche pasada, sentí que las piernas no me sostendrían.
Yo no estaba lista para aquella conversación.
—¡Cullen! ¡A clases! —La voz molesta del señor Cullen me hizo suspirar de puro alivio; por primera vez, me sentí feliz de verlo—. Y tú —me apuntó con su cabeza sin ocultar su desagrado—, el consejero te espera.
—Claro —asentí, un poco sin aliento—. Nos vemos, Edward —me despedí con una sonrisa nerviosa.
—¡Espera! —tomó mi mano provocando que me detuviera y volteé enseguida.
—¡Cullen! —reprendió el maestro con voz urgente.
—¡Dame un maldito segundo, Emmett! —espetó entre dientes, borrando cualquier resquicio de ternura de su rostro o voz.
—Esta bien, Edward —calmé, poniendo mi mano sobre la suya, que seguía envolviendo mi muñeca—. Puedes decirme lo que sea más tarde.
—Promételo —me urgió, suavizando su voz, pero no tanto como antes.
—Lo prometo —afirmé titubeante, logrando que sonara más a una pregunta.
Me zafé de su agarré y me fui a toda prisa, nunca había estado con el consejero, ni siquiera sabia que existiera uno. Por lo tanto no sabia donde quedaba su oficina y mucho menos, a donde me dirigía.
Pero aún sentía las mariposas en mi estomago y sus palabras daban vueltas en mi mente, su mirada, su voz.
"Siempre es un placer, ángel."
Sonreí como una tonta al notarlo, me había dicho ángel, otra vez. Y estaba completamente sobrio.
Iba soñando despierta como siempre y choqué con la señora Cope, que me miró con reprobación por estar deambulando en horas de clases en los pasillos, así que le expliqué que buscaba la oficina del consejero escolar. Me dio dos instrucciones y siguió su camino.
Finalmente di con el lugar, estaba al otro lado del edificio, casi nadie iba ahí, porque esos salones estaban demasiado viejos y en mal estado, había una oficina pequeña al final del pasillo, y en un trozo de madera decía: "Hale, consejero escolar"
Suspiré un par de veces y conté hasta diez antes de dar dos golpes con mis nudillos en la puerta.
—Adelante —la voz sonó amortiguada por las paredes, pero era sin lugar a dudas suave y femenina.
Lo hice con cierta desconfianza, no que esperara un oso, o un personaje de película de terror, pero no estaba segura de que, aquella conversación, fuera a salir bien.
—Tú debes ser… —La mujer estaba sentada detrás de un pequeño escritorio, y estaba revisando unos papeles sin mirarme—, Isabella Swan, ¿no? —Al fin pareció dar con lo que buscaba y tomó la carpeta acomodándola sobre las demás y abriéndola para revisar su contenido.
—Ajá —murmuré, paseando la mirada por el pequeño lugar, en la pared derecha había una repisa con muchos libros que parecían muy viejos, en medio del lugar estaba el escritorio de madera, al parecer tenia una pata coja, porque en una de las patas había una tapa de refresco hacinado de soporte para nivelar, en la pared detrás del escritorio habían dos ventanas, medio cubiertas con unas cortinas azul cielo, frente al escritorio habían dos sillas que debieron ser de alguno de los salones deshabitados, porque se veían tan maltratados como ellos por el paso del tiempo, en la pared izquierda había un sofá de dos cuerpos, se veía nuevo y bastante cómodo, y pensé que era rarísimo que la escuela hubiese gastado en algo así.
Junto al sofá, vi una mesita plegable, pequeña, donde había una cafetera, un par de tazas y algunas galletas.
El color en las paredes era de un suave tono damasco, tenia la apariencia de haber sido pintado recientemente.
—Bueno, señorita Swan. —Volví mi atención a la mujer y noté que me estaba evaluando con sus fríos ojos azules—. Soy Rosalie Hale, la consejera escolar.
Su tono fue tan frío como su mirada.
—Ni siquiera sabia que había uno —pronuncié distraída—. Ni que había gente tan elegante en Forks.
Cuando una de sus cejas se alzó con escepticismo, me di cuenta que había pensado en voz alta, no dije nada más, fingiendo que nada había pasado y al parecer ella decidió lo mismo, porque me hizo un gesto con la mano para que me sentará en una de las sillas frente a ella, y lo hice, muy cerca de la punta, con mis cosas descansando en mi regazo y ambas manos sujetándolas.
Y evitando su mirada calculadora. Era como si desconfiara de mí.
Sepa Dios por qué… Y su apariencia, nada que haya visto antes. Parecía muy profesional y eficiente, de los pies a la cabeza, podía ver unos tacones negros por debajo de la mesa y parte de sus pantorrillas, por lo tanto estaba usando una falda, llevaba una blusa blanca con rayas negras y un chaleco que supuse hacia juego con la falda, su cabello rubio estaba recogido en un rígido moño en su nuca, y tenia unos lentes de montura negra que enmarcaban su rostro en pura seriedad.
—Suele faltar mucho a clases —comenzó volviendo a leer los papeles—. Y el señor Cullen, su maestro de ética y relaciones humanas, no tiene una buena opinión sobre usted…
—Él no me conoce —interrumpí, impulsivamente.
Sus ojos se movieron para enfocarme y me callé.
—Hay otros maestros que se quejan de su falta de atención y constantes problemas para trabajar en equipo en clases —continuó sin desclavar sus ojos de los míos.
—Trabajo mejor sola —me defendí mirando mis manos.
—¿Hay algo sobre la escuela que no le guste? —Su voz se suavizó pero no dejó la postura profesional—. ¿Tiene problemas con sus compañeros?
Negué suavemente sin levantar la mirada.
—Lo normal, no soy muy sociable.
Sentí el sonido de las hojas al pasar y me atreví a mirarla cuando pasaron algunos segundos en los que ninguna de las dos hablo.
—Sus padres murieron hace unos años. —Su mirada volvió a los papeles, parecía muy concentrada absorbiendo cada palabra en ellos.
No me molesté en contestar, porque me pareció que no hablaba conmigo.
—¿En qué nivel ha afectado eso en su vida?
Su pregunta fue estúpida, con todas sus letras, sin embargo, me esforcé por ser amable.
—Supongo que en el nivel que a cualquiera le afectaría —dije tratando de sonar firme.
Ella levantó la mirada de los papeles una vez más y sus ojos parecían querer leer mi mente.
—La gente habla de usted, señorita Swan. —Su voz se hizo extrañamente profunda—. Por alguna razón que desconozco, toda la gente con la que he hablado desde que llegué a este pueblo me ha dicho o insinuado que la gente de "la casa Swan" es un mal elemento para la comunidad.
—La gente dice muchas cosas —susurré cohibida imaginando todo lo que debieron decirle—. La mayoría son mentiras.
—¿Y por qué mentirían? —inquirió como si lo que yo dije hubiese sido una locura.
No contesté. ¿Qué caso tenía? Finalmente, ella no era del pueblo, ella no era como yo, ella era exactamente como el señor Cullen, de fuera, con muchos aires, y prejuiciosa.
Podía ver que ya me había juzgado.
Unas cuantas preguntas más, unas cuantas evasivas, y a penas sentí el timbre que anunciaba el momento de cambiar de clase, me levanté queriendo salir corriendo.
—Tengo que irme —me disculpé apresuradamente—. Fue un placer y gracias —dije finalmente girando sobre mi misma para dirigirme a la puerta.
—Señorita Swan. —Su voz, seguida por el sonido de sus tacones repiqueteando contra el piso, me detuvieron. Me volteé otra vez y ella ya estaba frente a mí—. Estoy aquí para ayudarla, no para ser su enemiga, no es necesario que huya así de mí. —Su voz sonaba seriamente sincera, poniéndome ligeramente nerviosa.
¿Qué se suponía que debía decir?
No tenía idea y en un gesto involuntario levanté mi mano hasta mi cabello y lo retiré de mi cara hacía atrás con mis dedos. Sus ojos volaron a mi muñeca y su ceño se frunció tan profundamente que no lo comprendí.
—¿Qué es eso? —indagó con voz profunda y sospechosa, confundida, bajé mi mano y examiné mi muñeca que había quedado al descubierto al levantar el brazo.
—A- Amm —tragué pesadamente y tomé la punta de la manga de mi suéter y la volví a bajar para que cubriera los hematomas que me había dejado Earl en nuestro último encuentro—. No es nada.
La señorita Hale tomó mi mano con delicadeza y recogió mi manga otra vez, dejando a la vista claramente las marcas en mi muñeca, luego la soltó y tomó la otra y repitió la acción, encontrándose con el mismo panorama.
—Por Dios… —susurró completamente absorta examinando ahora ambas muñecas.
—No es nada, sólo fue un accidente —mentí rápidamente.
Su mirada se elevó a mis ojos, aún sosteniendo mis manos con las suyas, estaba mirándome completamente sorprendida e incrédula.
—Tienes marcas de dedos en tus muñecas —pronunció lentamente como si estuviese informándome de algo nuevo—. No fue un accidente.
Mi respiración se agitó un poco, mientras pensaba alguna mentira para justificarme. Pero entonces lo entendí, no necesitaba justificarme, porque yo no había hecho nada malo, además, ella no sería ni la primera ni la última en enterarse de aquella vergonzosa verdad.
—No, no lo fue —confirmé soltándome de su agarre, y crucé mis brazos sobre mi pecho a la defensiva.
Su mirada se dulcificó y su rostro cambio a compasión de la más pura que yo había visto, me sentí sumamente incómoda, cuando ella se quedó ahí, en silencio, mirándome, como si entendiera y sufriera lo mismo que yo.
—Voy a llegar tarde a clases —pronuncié torpemente, sintiéndome increíblemente incomoda, me giré una vez más y escapé de ella a toda prisa.
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miércoles, 14 de septiembre de 2011
Sueño de Amor - Chapter 6
Summary: Una vida marcada por el abuso y la violencia, un baúl lleno de sueños y el descubrimiento de lo bello que es vivir de la manera menos esperada... Los sueños, aveces se hacen realidad.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo VI.
Soy una persona valiosa, lo soy.
…......
Seguí caminando hasta salir del edificio y no me detuve hasta cruzar la carretera y adentrarme en el bosque y no fue hasta que me vi completamente sola, sentada en la húmeda hierba abrazando mis piernas con la cabeza enterrada en las rodillas que me permití soltar toda la ira, frustración y tristeza húmeda que estaba conteniendo, mientras murmuraba inteligiblemente cuánto odiaba a todo el mundo.
…......
Era tan terriblemente injusto, seguía dándole vueltas y más vueltas al asunto, sin conseguir una conclusión diferente.
¡Yo era una buena persona, maldita sea!
Sin embargo estaba caminando sola, bajo una tormenta por la solitaria calle principal de Forks, estaba calada hasta los huesos y mis dientes castañeaban incesantes por el frío, sin embargo, me tranquilizaba pensar que mis lágrimas se confundían con las insistentes gotas de lluvia helada que caía sobre mi piel.
—Estúpido Edward, estúpido señor Cullen —comencé a mascullar furiosa aún abrazándome a mí misma con más fuerza como si así consiguiese mojarme menos. Una oleada de tristeza me inundó provocándome un estremecimiento espantoso—. Estúpida vida horrible… —susurré más miserable que furiosa esta vez.
Sorbí mi nariz con fuerza y apreté los ojos para que la lágrimas cayeran más rápido.
—Estoy tan jodidamente harta —dije cansada, finalmente vislumbrando la casa de Earl a pocos metros.
Earl estaba de pie en la entrada de su casa, con los brazos cruzados sobre el pecho y su rostro fruncido en disgusto.
Como si la vida no fuera un asco por sí sola.
Apreté los puños y la mandíbula cuando comencé el camino a la entrada sintiendo su mirada cargada de reproche sobre mí.
—¿Qué carajos haces aquí? —preguntó agresivamente en cuanto llegué frente a él.
¿Qué te importa? —respondí en mi mente, pero simplemente lo ignoré y entré pasando junto a él.
—¡Hey! ¡Estoy hablándote! —exclamó cerrando la puerta y siguiéndome—. ¡¿Por qué mierda no estás en esa escuela tuya? ¡¿Qué rayos estuviste haciendo?
—Salí antes —mentí sin ninguna convicción; sin detenerme, atravesé la cocina y rápidamente llegué a mi cuarto donde tiré mi bolso al suelo sin delicadeza alguna.
—¡Estás mintiéndome, tu maestro llamó y no sólo me dijo que te fuiste de la escuela antes de terminar las clases sino que también que tu maldito comportamiento dejaba mucho que desear! ¡¿Puedes decirme qué mierda significa eso? —su voz sonaba profunda y molesta, pero no distorsionada, su postura no era inestable y sus ojos enfocaban perfectamente.
Estaba absolutamente sobrio, y no pude más que maldecir mi mala suerte, si no lo hubiese estado, seguramente ni siquiera le hubiese importado aquella llamada...
...seguramente, ni siquiera la recordaría.
—¡Responde!
Su imagen y su voz sacudieron algo en mi interior, su sola presencia estaba alterando mis nervios, mis instintos. El asqueroso aroma a humedad y suciedad en esa casa lo hizo también y cada recuerdo horrible pareció decidido a hacer aparición también, el señor Cullen y su acoso, Angela Webber y su perfección, las interminables noches en vela junto a la puerta cuidando literalmente el sueño de mi hermana.
—¡¿Qué demonios te pasa? ¡Contéstame, Carajo!
Podía verlo rojo de ira, como la saliva saltaba de su boca al gritar, podía ver lo que venía, y no me importaba, no me importaba en lo absoluto.
—¡Di alguna maldita cosa ahora mismo! ¡O te juro que…!
—¡¿Qué? —grité a todo pulmón dando un paso en su dirección, su boca se quedó abierta, congelada al interrumpir lo que sea que iba a decir—. ¡¿Qué vas a hacerme? —continué sintiendo mi cuerpo convulsionar por el llanto, y aun así mis palabras sonaban agresivas y desafiantes—. ¡¿Vas a encerrarme?, ¡¿a castigarme? —Una extraña y ahogada risa salió de entre mis labios—. ¡¿Vas a golpearme?
—¡Pequeña perra insolente! —farfulló totalmente furioso, fuera de s, y no me acobardé ni por un segundo.
Sacudí mi cabeza con la sonrisa aún en mi rostro contrastando con las lágrimas que sentía brotar sin tregua.
—Puedes hacerme lo que quieras, desgraciado y cerdo hijo de puta —mascullé entre dientes mirándolo con todo el odio que estaba conteniendo—, puedes hacerme lo que sea, porque no te tengo miedo. —Golpeé su pecho con mi puño una vez dando énfasis a mis palabras.
Su rostro parecía una caldera a punto de estallar de ira, sus manos se movieron rápido y aprisionó mis brazos con sus manos ejerciendo demasiada presión y me empujó contra una de las paredes azotando mi espalda contra ella.
—¡Hazlo! —le urgí, escupiendo las palabras—. ¡Hazlo! ¡Pero, por Dios, Earl, asegúrate de matarme, porque si no lo haces, te juro por mi hermana que serás tú el que aparezca muerto mañana!
Su ceño seguía absolutamente fruncido, pero su mandíbula se desencajó por la sorpresa y sus manos dejaron de ejercer aquel brutal agarre sobre mis brazos. Sus ojos, la expresión en ellos… Dios mío, no tenía precio.
—N-No… —tartamudeó, parpadeando confundido, mientras retrocedía un par de pasos lejos de mí—. No serías capaz —afirmó convencido, sin embargo, su expresión no cambió.
Intenté tranquilizar mi respiración y limpié con violencia las lágrimas en mi rostro con mi antebrazo, avancé los dos pasos que él había retrocedido y le di un empujón con mi palma en su pecho.
—Entonces hazlo —lo reté—. ¡Vamos, ponme a prueba! —le grité mirándolo directamente a los ojos, transmitiéndole que no estaba jugando.
Nuestras miradas no se separaron mientras ambos permanecíamos en silencio, sin ceder ante el otro, oyéndose en el lugar sólo nuestras respiraciones agitadas, finalmente resopló como el animal que era y se dio la vuelta para salir de mi cuarto, azotando la puerta tan fuerte que la pared tembló ligeramente.
Me quedé ahí de pie, no sé cuánto tiempo, al principio era porque seguía furiosa y no podía moverme, pero luego, cuando comencé a calmarme y los temblores por el temor se apoderaron de mi cuerpo corrí a la puerta y la trabé con la silla. Cuando me vi relativamente segura, no pude más que dar unos cuantos pasos y, como una autómata, con la mirada perdida, apoyé las palmas de mis manos en la pared más cercana, no lograba calmar mi respiración y el frío del concreto estaba devolviéndole a mi cuerpo a través de mis palmas el reconocimiento de la realidad, de lo que acababa de ocurrir.
Ya no lloraba, sólo respiraba, como si no pudiese obtener suficiente oxigeno, como si me estuviese ahogando. Una risa absolutamente histérica, pero ahogada, se apoderó de mí, mientras nuevas lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero ya no de temor, no de ira, no de tristeza.
Lloraba de pura emoción, sentía la adrenalina viajar através de mis venas, dejándome un tanto eléctrica.
Había retado a Earl a golpearme… hasta matarme.
Podría estar muerta.
Un horrible jadeó interrumpió mi risilla, y comencé a toser sin control.
Sí, lo había hecho.
La confirmación de aquel hecho trajo una nueva ola de risas maniacas, aunque no podía dejar de toser a la vez.
Mis rodillas cedieron por el cansancio, por el estrés, el agotamiento y me vi en el suelo, medio riendo, presa de un espantoso ataque de tos.
Y jamás me había sentido tan bien como en ese momento.
…
Más tarde ese día fui por Jessica a la escuela, estuve veinte minutos sentada sobre una banca húmeda junto a la entrada principal de la primaria, el único lugar techado del exterior del edificio, mientras pensaba en todo lo que había pasado ese día, no estaba segura de cual era el balance final, pero sin lugar a dudas, estaba tranquila.
En cuanto mi hermana apareció, fingí que nada había pasado, y luego de un pequeño saludo caminamos en silencio a casa de Earl. En el trayecto preguntó un par de veces por qué no iríamos a la cafetería de los Webber, y con más insistencia, porque no esperábamos a Edward como cada día.
—Tiene cosas que hacer, Jess —respondí atrayéndola más cerca de mí para que quedara mejor cubierta por el paraguas que yo llevaba—, y esta tormenta está muy fea, no tendríamos cómo volver a casa de Earl más tarde.
Con un suspiro triste se apretó más contra mí y seguimos caminando.
Inevitablemente volví a quedar empapada, ya que el paraguas era demasiado pequeño, y me aseguré de proteger a Jessica de la lluvia helada.
…
Los días desde ese punto pasaron tan silenciosamente que me fue imposible detenerme a observar algo que no fuesen las clases o las labores cotidianas de la casa, Jessica parecía triste, estaba segura que ella extrañaba a Edward tanto como yo, sin embargo, no volvió a preguntar por él, como si supiese que ya era suficientemente doloroso el haber tomado la decisión de sacarlo de nuestras vidas.
Lo había decidido mientras lloraba unos días atrás en el bosque. Un estúpido enamoramiento adolescente no correspondido era algo por lo que no estaba dispuesta a pasar.
Al profesor Cullen no le di ni un sólo motivo para si quiera mirarme mal, llegaba justo a tiempo, antes de que él entrará, y me marchaba en cuanto el timbre sonaba; durante su clase, me mantenía en mi lugar mirando siempre hacía el frente, e ignorando cualquier distracción, incluyendo los mensajes en papel que Edward dejaba sobre mi cuaderno.
"¿Estás molesta?"
…
"¿Es por Emmett?"
…
"¿No volverás a hablarme?"
…
Y así pasaron otras dos semanas…
—¡Oh, por dios! ¡Angela!
Me quejé muy bajo, haciendo una mueca de fastidio por inercia cuando oí la voz de Lauren en un chillido emocionado.
—¡Lo sé, lo sé! —respondió la aludida en el mismo tono, suspiré resignada y cerré los ojos sintiéndome incapaz de salir y encararlas—. Aún no me lo creo.
Me quedé muy quieta dentro del cubículo, donde había pasado escondida del consejero escolar todo el receso.
—Vaya… —soltó Lauren de pronto, notablemente más tranquila, con cierto tono de concentración en su voz—. He de admitir que es algo extraño y a veces asusta, pero, sigue siendo increíblemente sexy.
—Y lindo —suspiró Angela, interrumpiendo a su amiga.
Lauren soltó una ricita emocionada a la que se unió Angela y continuó.
—Así que… ¡¿Te pidió una cita?
—¡Nuestra primera cita! —exclamó emocionada Angela, provocando otra ronda de risas.
Fruncí el ceño, porque no me gustaba nada lo que estaba oyendo, y me negaba a ver lo evidente, crucé mis brazos frente a mi pecho, porque de pronto no supe qué hacer con ellos, y cerré los ojos soltando un nuevo suspiro tembloroso.
Sentí sus pasos alejarse y volví a abrir los ojos sintiéndome inmensamente aliviada, pero Lauren volvió a hablar antes de que saliesen.
—Una cita con Edward Cullen, eres demasiado afortunada —comentó Lauren en tono bromista, antes de oír cómo la puerta del servicio de chicas se abría y cerraba.
Ellas jamás se habían metido conmigo en ningún sentido, es más, no habíamos compartido más que un saludo cordial si nos topábamos inevitablemente de frente en algún pasillo o clase. Lauren era el tipo de chica extrovertida, graciosa, bonita y rubia del instituto, mientras Angela era del tipo tímida, amable y encantadora. No había nada ni en ellas, ni en su actitud que me hubiese perjudicado o dañado jamás.
Pero en ese preciso momento, sentía que eran las peores personas en el mundo.
Dejé mi cabeza caer hacía adelante, dándome un pequeño golpecito contra la pared no tan fuerte como para que doliese, pero si para que provocará un pequeño sonido.
—Eres tan ridícula, Isabella —me reprendí, susurrando en voz alta.
Pestañeé un par de veces y me concentré en respirar un par de minutos antes de salir de mi triste escondite.
En cuanto salí del baño de chicas comencé a caminar a mi casillero en busca de las cosas para mi siguiente clase.
—Por supuesto que va a salir con ella —me susurré con la cabeza tan inclinada que debía ser difícil que estaba moviendo los labios—, ella es linda y… perfecta y tú eres tan tonta —me regañé cruelmente sintiendo que todo era mi culpa, si no me hubiera hecho falsas expectativas seguramente todo aquello no estaría siendo tan doloroso.
—Tonta, tonta, tonta —continué repitiendo, mientras apuraba el paso y agachaba aun más la cabeza al sentir mis ojos llenándose de lágrimas.
Estaba completamente distraída lamentándome que no note que alguien venia caminando igual de rápido que yo pero hacia mí, hasta que mi cuerpo colisionó con otro extraño y una grosera maldición se oyó enérgica.
—Lo siento —me disculpé automáticamente, pero luego sacudí la cabeza al levantar la mirada y ver que era un enorme chico de ultimo año que no conocía y seguía insultándome como si hubiese asesinado a su madre en lugar de solo haber tropezado con él por accidente—. No, no es cierto, no lo siento en absoluto… Idiota —mascullé mientras lo rodeaba y continuaba mi camino sin prestarle atención.
Se formó un pequeño alboroto a mis espaldas pero lo ignore completamente. Finalmente llegué a mi casillero y pude llevar a cabo mi labor, cuando estaba acomodando mi bolso sentí una mano sobre mi hombro izquierdo, mientras oía la voz de la última persona a la que quería tener cerca.
—¡Swan!
Suspiré, por enésima vez en el día y gire sobre mi misma para quedar cara a cara con el profesor Cullen, que, nada sorpresivamente estaba mirándome como si fuera el anticristo.
—Señor Cullen —saludé abrazando los cuadernos que tenia en los brazos—. ¿Algún problema? —pregunté dándole a propósito a mi tono un toque desafiante.
Estaba harta, si él quería verme como un problema, lo sería.
Frunció los labios dándose una imagen imposiblemente más agresiva, y tuve que dar medio paso atrás, realmente era enorme y amenazante cuando lo quería.
—Tenias una cita con el consejero escolar otra vez —pronunció lentamente entrecerrando los ojos sin desclavarlos de los míos—, y otra vez, no apareciste.
—Lo olvidé —Susurré intimidada sin poder evitarlo, carraspeé para conseguir hablar normalmente y agregué a propósito, más segura esta vez—. Otra vez.
Comenzó a resoplar por la nariz y me asusté, porque parecía muy enojado, pero me mordí el interior de la mejilla y me quedé ahí, sin ceder ni un milímetro, hasta que bufó, más frustrado que molesto.
—Tú no me agradas y yo no te agrado —comenzó inclinándose un poco más cerca para hablarme confidencialmente—. Irás con el consejero durante mi clase —continuó afirmando sin dar lugar a replicas—, así todos felices, tú vas a contarle tus traumas que te han llevado a ser un fracaso de ser humano al consejero y yo me libero de ti durante un tiempo considerable.
Apreté la mandíbula y hablé sin siquiera pensar.
—Yo no soy ningún fracaso.
Él sonrió cínicamente, como si le causara mucha gracia.
—Además eso no es correcto, no puede evaluarme si no estoy en su clase.
—Créeme, ahora mismo sería capaz de mover el Everest si eso me asegurara que iba a conseguir alejarte de nosotros.
Nosotros.
Eso dolió, por alguna razón que desconocía él pensaba que yo era una persona tan terrible que ni siquiera valía la pena conocerme y asegurarse antes de juzgarme.
Se dio la vuelta y se alejó sin decir nada más.
—Soy una persona valiosa —susurré en voz alta mirando su espalda alejarse—. Lo soy —me repetí tratándome de convencer que él no tenía razón en nada de lo que dijo, sólo estaba siendo prejuicioso… Aún así, ese molesto peso en mi pecho seguía ahí.
Produje un extraño sonido que sonó curiosamente como el gruñido de un animal, mientras me daba la vuelta también y me iba a mi clase.
—Estúpido, estúpidos todos.
…
La hora de irse a casa llegó y afortunadamente ese día no estaba lloviendo, habría sido el colmo de mi horrible día, pensé mientras salía del edificio para buscar a Jessica al suyo.
Me puse la capucha de mi chaqueta a propósito para anular mi visión periférica cuando pasé por el estacionamiento en caso de que Edward estuviese ahí. Absolutamente inútil, pensé, cuando lo vi en la entrada principal de la primaria charlando animadamente con Jessica.
Pero no sentí incomodidad o molestia, hace días no me permitía verlo, mirarlo en serio y una estúpida sonrisa se formo en mis labios cuando reparé en lo dolorosamente guapo que se veía ese día, más aun, en ese momento sonriéndole a mi hermana así.
Sacudí la cabeza y pensé que no importaba si salía o no con Angela, finalmente, también era mi amigo, también yo tenia derecho a estar con él, aunque no me quisiera de la misma forma en la que yo lo hacía.
Totalmente determinada caminé hacía Edward y Jessica, con la misma sonrisita en los labios. Pero alguien llegó junto a ellos antes que yo, o mejor dicho cuatro personas.
Me detuve, una vez más, y como si jamás hubiese existido siquiera el pensamiento de que podía seguir siendo su amiga, mi ánimo se fue al piso, junto con un solo pensamiento.
No puedo compartirlo.
Otro estúpido suspiro.
—¡Bella! —gritó Jessica en cuanto me vio, una sonrisa sincera, pero no muy animada se formó en mis labios al escuchar la honesta alegría y cariño en su voz.
Terminé de caminar hasta llegar junto a ellos y mi hermana me envolvió con sus pequeños y siempre calidos bracitos.
—Hey, Jess —saludé devolviendo el abrazo y besando el tope de su cabeza, siendo muy consciente que cinco pares de ojos me miraban atentamente.
—Lauren, Angela —saludé escuetamente sin mirarlas—. ¡Hey chicos! —saludé esta vez con más entusiasmo a los gemelos Webber… Eran agradables y buenos amigos de mi hermana desde siempre, pero yo no recordaba sus nombres y mucho menos cual era cual.
—Hola, Bella —devolvieron el saludo haciendo reír a su hermana.
—Sí… Hola a mí también —susurró Edward mirándome con el ceño fruncido.
Lo miré y traté de sonreírle a modo de saludo, consiguiendo una mueca parecida a una sonrisa, él cambió el gesto de su rostro y me miró como queriéndome decir muchas cosas, pero miró a nuestros acompañantes y pareció contenerse.
—Vamos, Jess —dije finalmente, sin estar dispuesta a que fueran ellos quienes nos despidieran—. Adiós —alcé mi mano en un gesto de despedida general y me fui.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo VI.
Soy una persona valiosa, lo soy.
…......
Seguí caminando hasta salir del edificio y no me detuve hasta cruzar la carretera y adentrarme en el bosque y no fue hasta que me vi completamente sola, sentada en la húmeda hierba abrazando mis piernas con la cabeza enterrada en las rodillas que me permití soltar toda la ira, frustración y tristeza húmeda que estaba conteniendo, mientras murmuraba inteligiblemente cuánto odiaba a todo el mundo.
…......
Era tan terriblemente injusto, seguía dándole vueltas y más vueltas al asunto, sin conseguir una conclusión diferente.
¡Yo era una buena persona, maldita sea!
Sin embargo estaba caminando sola, bajo una tormenta por la solitaria calle principal de Forks, estaba calada hasta los huesos y mis dientes castañeaban incesantes por el frío, sin embargo, me tranquilizaba pensar que mis lágrimas se confundían con las insistentes gotas de lluvia helada que caía sobre mi piel.
—Estúpido Edward, estúpido señor Cullen —comencé a mascullar furiosa aún abrazándome a mí misma con más fuerza como si así consiguiese mojarme menos. Una oleada de tristeza me inundó provocándome un estremecimiento espantoso—. Estúpida vida horrible… —susurré más miserable que furiosa esta vez.
Sorbí mi nariz con fuerza y apreté los ojos para que la lágrimas cayeran más rápido.
—Estoy tan jodidamente harta —dije cansada, finalmente vislumbrando la casa de Earl a pocos metros.
Earl estaba de pie en la entrada de su casa, con los brazos cruzados sobre el pecho y su rostro fruncido en disgusto.
Como si la vida no fuera un asco por sí sola.
Apreté los puños y la mandíbula cuando comencé el camino a la entrada sintiendo su mirada cargada de reproche sobre mí.
—¿Qué carajos haces aquí? —preguntó agresivamente en cuanto llegué frente a él.
¿Qué te importa? —respondí en mi mente, pero simplemente lo ignoré y entré pasando junto a él.
—¡Hey! ¡Estoy hablándote! —exclamó cerrando la puerta y siguiéndome—. ¡¿Por qué mierda no estás en esa escuela tuya? ¡¿Qué rayos estuviste haciendo?
—Salí antes —mentí sin ninguna convicción; sin detenerme, atravesé la cocina y rápidamente llegué a mi cuarto donde tiré mi bolso al suelo sin delicadeza alguna.
—¡Estás mintiéndome, tu maestro llamó y no sólo me dijo que te fuiste de la escuela antes de terminar las clases sino que también que tu maldito comportamiento dejaba mucho que desear! ¡¿Puedes decirme qué mierda significa eso? —su voz sonaba profunda y molesta, pero no distorsionada, su postura no era inestable y sus ojos enfocaban perfectamente.
Estaba absolutamente sobrio, y no pude más que maldecir mi mala suerte, si no lo hubiese estado, seguramente ni siquiera le hubiese importado aquella llamada...
...seguramente, ni siquiera la recordaría.
—¡Responde!
Su imagen y su voz sacudieron algo en mi interior, su sola presencia estaba alterando mis nervios, mis instintos. El asqueroso aroma a humedad y suciedad en esa casa lo hizo también y cada recuerdo horrible pareció decidido a hacer aparición también, el señor Cullen y su acoso, Angela Webber y su perfección, las interminables noches en vela junto a la puerta cuidando literalmente el sueño de mi hermana.
—¡¿Qué demonios te pasa? ¡Contéstame, Carajo!
Podía verlo rojo de ira, como la saliva saltaba de su boca al gritar, podía ver lo que venía, y no me importaba, no me importaba en lo absoluto.
—¡Di alguna maldita cosa ahora mismo! ¡O te juro que…!
—¡¿Qué? —grité a todo pulmón dando un paso en su dirección, su boca se quedó abierta, congelada al interrumpir lo que sea que iba a decir—. ¡¿Qué vas a hacerme? —continué sintiendo mi cuerpo convulsionar por el llanto, y aun así mis palabras sonaban agresivas y desafiantes—. ¡¿Vas a encerrarme?, ¡¿a castigarme? —Una extraña y ahogada risa salió de entre mis labios—. ¡¿Vas a golpearme?
—¡Pequeña perra insolente! —farfulló totalmente furioso, fuera de s, y no me acobardé ni por un segundo.
Sacudí mi cabeza con la sonrisa aún en mi rostro contrastando con las lágrimas que sentía brotar sin tregua.
—Puedes hacerme lo que quieras, desgraciado y cerdo hijo de puta —mascullé entre dientes mirándolo con todo el odio que estaba conteniendo—, puedes hacerme lo que sea, porque no te tengo miedo. —Golpeé su pecho con mi puño una vez dando énfasis a mis palabras.
Su rostro parecía una caldera a punto de estallar de ira, sus manos se movieron rápido y aprisionó mis brazos con sus manos ejerciendo demasiada presión y me empujó contra una de las paredes azotando mi espalda contra ella.
—¡Hazlo! —le urgí, escupiendo las palabras—. ¡Hazlo! ¡Pero, por Dios, Earl, asegúrate de matarme, porque si no lo haces, te juro por mi hermana que serás tú el que aparezca muerto mañana!
Su ceño seguía absolutamente fruncido, pero su mandíbula se desencajó por la sorpresa y sus manos dejaron de ejercer aquel brutal agarre sobre mis brazos. Sus ojos, la expresión en ellos… Dios mío, no tenía precio.
—N-No… —tartamudeó, parpadeando confundido, mientras retrocedía un par de pasos lejos de mí—. No serías capaz —afirmó convencido, sin embargo, su expresión no cambió.
Intenté tranquilizar mi respiración y limpié con violencia las lágrimas en mi rostro con mi antebrazo, avancé los dos pasos que él había retrocedido y le di un empujón con mi palma en su pecho.
—Entonces hazlo —lo reté—. ¡Vamos, ponme a prueba! —le grité mirándolo directamente a los ojos, transmitiéndole que no estaba jugando.
Nuestras miradas no se separaron mientras ambos permanecíamos en silencio, sin ceder ante el otro, oyéndose en el lugar sólo nuestras respiraciones agitadas, finalmente resopló como el animal que era y se dio la vuelta para salir de mi cuarto, azotando la puerta tan fuerte que la pared tembló ligeramente.
Me quedé ahí de pie, no sé cuánto tiempo, al principio era porque seguía furiosa y no podía moverme, pero luego, cuando comencé a calmarme y los temblores por el temor se apoderaron de mi cuerpo corrí a la puerta y la trabé con la silla. Cuando me vi relativamente segura, no pude más que dar unos cuantos pasos y, como una autómata, con la mirada perdida, apoyé las palmas de mis manos en la pared más cercana, no lograba calmar mi respiración y el frío del concreto estaba devolviéndole a mi cuerpo a través de mis palmas el reconocimiento de la realidad, de lo que acababa de ocurrir.
Ya no lloraba, sólo respiraba, como si no pudiese obtener suficiente oxigeno, como si me estuviese ahogando. Una risa absolutamente histérica, pero ahogada, se apoderó de mí, mientras nuevas lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero ya no de temor, no de ira, no de tristeza.
Lloraba de pura emoción, sentía la adrenalina viajar através de mis venas, dejándome un tanto eléctrica.
Había retado a Earl a golpearme… hasta matarme.
Podría estar muerta.
Un horrible jadeó interrumpió mi risilla, y comencé a toser sin control.
Sí, lo había hecho.
La confirmación de aquel hecho trajo una nueva ola de risas maniacas, aunque no podía dejar de toser a la vez.
Mis rodillas cedieron por el cansancio, por el estrés, el agotamiento y me vi en el suelo, medio riendo, presa de un espantoso ataque de tos.
Y jamás me había sentido tan bien como en ese momento.
…
Más tarde ese día fui por Jessica a la escuela, estuve veinte minutos sentada sobre una banca húmeda junto a la entrada principal de la primaria, el único lugar techado del exterior del edificio, mientras pensaba en todo lo que había pasado ese día, no estaba segura de cual era el balance final, pero sin lugar a dudas, estaba tranquila.
En cuanto mi hermana apareció, fingí que nada había pasado, y luego de un pequeño saludo caminamos en silencio a casa de Earl. En el trayecto preguntó un par de veces por qué no iríamos a la cafetería de los Webber, y con más insistencia, porque no esperábamos a Edward como cada día.
—Tiene cosas que hacer, Jess —respondí atrayéndola más cerca de mí para que quedara mejor cubierta por el paraguas que yo llevaba—, y esta tormenta está muy fea, no tendríamos cómo volver a casa de Earl más tarde.
Con un suspiro triste se apretó más contra mí y seguimos caminando.
Inevitablemente volví a quedar empapada, ya que el paraguas era demasiado pequeño, y me aseguré de proteger a Jessica de la lluvia helada.
…
Los días desde ese punto pasaron tan silenciosamente que me fue imposible detenerme a observar algo que no fuesen las clases o las labores cotidianas de la casa, Jessica parecía triste, estaba segura que ella extrañaba a Edward tanto como yo, sin embargo, no volvió a preguntar por él, como si supiese que ya era suficientemente doloroso el haber tomado la decisión de sacarlo de nuestras vidas.
Lo había decidido mientras lloraba unos días atrás en el bosque. Un estúpido enamoramiento adolescente no correspondido era algo por lo que no estaba dispuesta a pasar.
Al profesor Cullen no le di ni un sólo motivo para si quiera mirarme mal, llegaba justo a tiempo, antes de que él entrará, y me marchaba en cuanto el timbre sonaba; durante su clase, me mantenía en mi lugar mirando siempre hacía el frente, e ignorando cualquier distracción, incluyendo los mensajes en papel que Edward dejaba sobre mi cuaderno.
"¿Estás molesta?"
…
"¿Es por Emmett?"
…
"¿No volverás a hablarme?"
…
Y así pasaron otras dos semanas…
—¡Oh, por dios! ¡Angela!
Me quejé muy bajo, haciendo una mueca de fastidio por inercia cuando oí la voz de Lauren en un chillido emocionado.
—¡Lo sé, lo sé! —respondió la aludida en el mismo tono, suspiré resignada y cerré los ojos sintiéndome incapaz de salir y encararlas—. Aún no me lo creo.
Me quedé muy quieta dentro del cubículo, donde había pasado escondida del consejero escolar todo el receso.
—Vaya… —soltó Lauren de pronto, notablemente más tranquila, con cierto tono de concentración en su voz—. He de admitir que es algo extraño y a veces asusta, pero, sigue siendo increíblemente sexy.
—Y lindo —suspiró Angela, interrumpiendo a su amiga.
Lauren soltó una ricita emocionada a la que se unió Angela y continuó.
—Así que… ¡¿Te pidió una cita?
—¡Nuestra primera cita! —exclamó emocionada Angela, provocando otra ronda de risas.
Fruncí el ceño, porque no me gustaba nada lo que estaba oyendo, y me negaba a ver lo evidente, crucé mis brazos frente a mi pecho, porque de pronto no supe qué hacer con ellos, y cerré los ojos soltando un nuevo suspiro tembloroso.
Sentí sus pasos alejarse y volví a abrir los ojos sintiéndome inmensamente aliviada, pero Lauren volvió a hablar antes de que saliesen.
—Una cita con Edward Cullen, eres demasiado afortunada —comentó Lauren en tono bromista, antes de oír cómo la puerta del servicio de chicas se abría y cerraba.
Ellas jamás se habían metido conmigo en ningún sentido, es más, no habíamos compartido más que un saludo cordial si nos topábamos inevitablemente de frente en algún pasillo o clase. Lauren era el tipo de chica extrovertida, graciosa, bonita y rubia del instituto, mientras Angela era del tipo tímida, amable y encantadora. No había nada ni en ellas, ni en su actitud que me hubiese perjudicado o dañado jamás.
Pero en ese preciso momento, sentía que eran las peores personas en el mundo.
Dejé mi cabeza caer hacía adelante, dándome un pequeño golpecito contra la pared no tan fuerte como para que doliese, pero si para que provocará un pequeño sonido.
—Eres tan ridícula, Isabella —me reprendí, susurrando en voz alta.
Pestañeé un par de veces y me concentré en respirar un par de minutos antes de salir de mi triste escondite.
En cuanto salí del baño de chicas comencé a caminar a mi casillero en busca de las cosas para mi siguiente clase.
—Por supuesto que va a salir con ella —me susurré con la cabeza tan inclinada que debía ser difícil que estaba moviendo los labios—, ella es linda y… perfecta y tú eres tan tonta —me regañé cruelmente sintiendo que todo era mi culpa, si no me hubiera hecho falsas expectativas seguramente todo aquello no estaría siendo tan doloroso.
—Tonta, tonta, tonta —continué repitiendo, mientras apuraba el paso y agachaba aun más la cabeza al sentir mis ojos llenándose de lágrimas.
Estaba completamente distraída lamentándome que no note que alguien venia caminando igual de rápido que yo pero hacia mí, hasta que mi cuerpo colisionó con otro extraño y una grosera maldición se oyó enérgica.
—Lo siento —me disculpé automáticamente, pero luego sacudí la cabeza al levantar la mirada y ver que era un enorme chico de ultimo año que no conocía y seguía insultándome como si hubiese asesinado a su madre en lugar de solo haber tropezado con él por accidente—. No, no es cierto, no lo siento en absoluto… Idiota —mascullé mientras lo rodeaba y continuaba mi camino sin prestarle atención.
Se formó un pequeño alboroto a mis espaldas pero lo ignore completamente. Finalmente llegué a mi casillero y pude llevar a cabo mi labor, cuando estaba acomodando mi bolso sentí una mano sobre mi hombro izquierdo, mientras oía la voz de la última persona a la que quería tener cerca.
—¡Swan!
Suspiré, por enésima vez en el día y gire sobre mi misma para quedar cara a cara con el profesor Cullen, que, nada sorpresivamente estaba mirándome como si fuera el anticristo.
—Señor Cullen —saludé abrazando los cuadernos que tenia en los brazos—. ¿Algún problema? —pregunté dándole a propósito a mi tono un toque desafiante.
Estaba harta, si él quería verme como un problema, lo sería.
Frunció los labios dándose una imagen imposiblemente más agresiva, y tuve que dar medio paso atrás, realmente era enorme y amenazante cuando lo quería.
—Tenias una cita con el consejero escolar otra vez —pronunció lentamente entrecerrando los ojos sin desclavarlos de los míos—, y otra vez, no apareciste.
—Lo olvidé —Susurré intimidada sin poder evitarlo, carraspeé para conseguir hablar normalmente y agregué a propósito, más segura esta vez—. Otra vez.
Comenzó a resoplar por la nariz y me asusté, porque parecía muy enojado, pero me mordí el interior de la mejilla y me quedé ahí, sin ceder ni un milímetro, hasta que bufó, más frustrado que molesto.
—Tú no me agradas y yo no te agrado —comenzó inclinándose un poco más cerca para hablarme confidencialmente—. Irás con el consejero durante mi clase —continuó afirmando sin dar lugar a replicas—, así todos felices, tú vas a contarle tus traumas que te han llevado a ser un fracaso de ser humano al consejero y yo me libero de ti durante un tiempo considerable.
Apreté la mandíbula y hablé sin siquiera pensar.
—Yo no soy ningún fracaso.
Él sonrió cínicamente, como si le causara mucha gracia.
—Además eso no es correcto, no puede evaluarme si no estoy en su clase.
—Créeme, ahora mismo sería capaz de mover el Everest si eso me asegurara que iba a conseguir alejarte de nosotros.
Nosotros.
Eso dolió, por alguna razón que desconocía él pensaba que yo era una persona tan terrible que ni siquiera valía la pena conocerme y asegurarse antes de juzgarme.
Se dio la vuelta y se alejó sin decir nada más.
—Soy una persona valiosa —susurré en voz alta mirando su espalda alejarse—. Lo soy —me repetí tratándome de convencer que él no tenía razón en nada de lo que dijo, sólo estaba siendo prejuicioso… Aún así, ese molesto peso en mi pecho seguía ahí.
Produje un extraño sonido que sonó curiosamente como el gruñido de un animal, mientras me daba la vuelta también y me iba a mi clase.
—Estúpido, estúpidos todos.
…
La hora de irse a casa llegó y afortunadamente ese día no estaba lloviendo, habría sido el colmo de mi horrible día, pensé mientras salía del edificio para buscar a Jessica al suyo.
Me puse la capucha de mi chaqueta a propósito para anular mi visión periférica cuando pasé por el estacionamiento en caso de que Edward estuviese ahí. Absolutamente inútil, pensé, cuando lo vi en la entrada principal de la primaria charlando animadamente con Jessica.
Pero no sentí incomodidad o molestia, hace días no me permitía verlo, mirarlo en serio y una estúpida sonrisa se formo en mis labios cuando reparé en lo dolorosamente guapo que se veía ese día, más aun, en ese momento sonriéndole a mi hermana así.
Sacudí la cabeza y pensé que no importaba si salía o no con Angela, finalmente, también era mi amigo, también yo tenia derecho a estar con él, aunque no me quisiera de la misma forma en la que yo lo hacía.
Totalmente determinada caminé hacía Edward y Jessica, con la misma sonrisita en los labios. Pero alguien llegó junto a ellos antes que yo, o mejor dicho cuatro personas.
Me detuve, una vez más, y como si jamás hubiese existido siquiera el pensamiento de que podía seguir siendo su amiga, mi ánimo se fue al piso, junto con un solo pensamiento.
No puedo compartirlo.
Otro estúpido suspiro.
—¡Bella! —gritó Jessica en cuanto me vio, una sonrisa sincera, pero no muy animada se formó en mis labios al escuchar la honesta alegría y cariño en su voz.
Terminé de caminar hasta llegar junto a ellos y mi hermana me envolvió con sus pequeños y siempre calidos bracitos.
—Hey, Jess —saludé devolviendo el abrazo y besando el tope de su cabeza, siendo muy consciente que cinco pares de ojos me miraban atentamente.
—Lauren, Angela —saludé escuetamente sin mirarlas—. ¡Hey chicos! —saludé esta vez con más entusiasmo a los gemelos Webber… Eran agradables y buenos amigos de mi hermana desde siempre, pero yo no recordaba sus nombres y mucho menos cual era cual.
—Hola, Bella —devolvieron el saludo haciendo reír a su hermana.
—Sí… Hola a mí también —susurró Edward mirándome con el ceño fruncido.
Lo miré y traté de sonreírle a modo de saludo, consiguiendo una mueca parecida a una sonrisa, él cambió el gesto de su rostro y me miró como queriéndome decir muchas cosas, pero miró a nuestros acompañantes y pareció contenerse.
—Vamos, Jess —dije finalmente, sin estar dispuesta a que fueran ellos quienes nos despidieran—. Adiós —alcé mi mano en un gesto de despedida general y me fui.
Sueño de Amor - Chapter 5
Summary: Una vida marcada por el abuso y la violencia, un baúl lleno de sueños y el descubrimiento de lo bello que es vivir de la manera menos esperada... Los sueños, aveces se hacen realidad.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo V.
Odio.
........
—Que no este chillando y aullando como un animal, no significa que ella no este poniendo atención —La voz grave y claramente molesta de Edward interrumpió bruscamente lo que sea que su hermano fuera a decirme— Quizá sea usted quien deba prestar más atención en quien lo toma en serio y quien lo toma como un simplón y pintoresco profesor de pueblo —terminó absolutamente inflexible, no dije, nada, no estaba segura de que debía decir, sólo me quede ahí, igual que todos los demás viendo como se desataba otra guerra de voluntades Cullen.
Y era por mí. Edward me estaba defendiendo a mí.
………
—¡Es un completo imbécil! ¡¿Quién demonios se cree que es?!
—El maestro, quizá —Respondí suavemente, distraída subiendo mis pies a la banca donde estaba sentada pegando las rodillas a mi pecho.
—No eres graciosa —afirmó con voz molesta, Edward no había dejado el tema ahí a pesar de que el señor Cullen se había disculpado y había continuado la clase ignorándonos.
Había reunión de profesores, así que la última clase había sido suspendida, y Edward se quedó conmigo en el patio de la primaria esperando a Jessica. Él estaba sentado encima de la mesa y yo en la banca dándole la espalda.
—¿Por qué estás tan molesto? —Inquirí girando mi cabeza para mirarlo sobre mi hombro, estaba frunciendo el seño apoyando los codos en sus rodillas.
—¿Por qué estás tan tranquila? —Contra atacó clavando su mirada en mí— No tenía ninguna razón para hablarte así.
—Tampoco la tenía para no hacerlo, es el maestro y yo estaba distraída —Me encogí de hombros restándole importancia— Está bien.
Sacudió su cabeza en desacuerdo, y justo entonces sonó el timbre anunciando el terminó de las clases en la primaria. Los niños comenzaron a salir en seguida, corriendo en busca de sus padres o hermanos mayores para volver a casa.
Jessica llegó pronto junto a nosotros con una brillante sonrisa.
—Hola, Edward —Saludó amablemente en cuanto lo vio, mirándolo con curiosidad, pero sin hacerlo notar demasiado.
—Ella es mi hermana Jessica ¿La recuerdas? —Presenté rápidamente, levantándome de la banca.
Él asintió levantándose también— Me alegra verte de nuevo —dijo sonriendo un poco.
—A mí también, es bueno verte bien —Respondió ella— ¿Vienes con nosotras?
Edward me miró interrogante y me apresuré a explicarle —Vamos a la cafetería de los Webber.
Otra sonrisa ladeada apareció en su rostro, esta vez, con más fluidez.
…
—Estás loca, Bob Esponja es una caricatura a prueba de tontos —Afirmó Edward, pareciendo realmente ofendido— ¿Quieres ver algo realmente bueno? —Preguntó apuntando a Jess con la cuchara de su chocolate caliente— Don Gato y su pandilla —Terminó como si hubiese revelado algo importantísimo.
Jessica frunció el seño y comenzó a negar en desacuerdo— Eso ni siquiera existe.
Edward gimió de manera muy fingida y cubrió su rostro como si de veras estuviese muy frustrado haciéndome reír— No puedo creer que mantengas a tu hermana en la ignorancia de esta manera —me acusó.
Me encogí de hombros declarándome neutral— Bob Esponja no me parece tan malo.
—¡Mujeres! —Exclamó rodando los ojos, haciendo reír a Jessica esta vez.
Había sido así toda la tarde, parecía otra persona, estaba tan relajado y había estado discutiendo sobre cualquier nimiedad sólo para divertir a mi hermana, nos sentamos en la misma mesa del fondo donde habíamos medio arrastrado a Edward antes.
Unos minutos más tarde aparecieron los gemelos Webber y Jess se fue a jugar con ellos después de asegurarme que no tenía tarea.
Pero nosotros, si la teníamos, así que comenzamos a trabajar en silencio, sin embargo, no podía concentrarme, había algo que no dejaba de preocuparme, levanté la mirada de mis libros y vi a Edward distraído garabateando en una hoja, que obviamente no era su tarea de historia, como si hubiese sentido mi mirada clavada en él u oído mis pensamientos levantó los ojos y me miró interrogante.
—¿Pasa algo? —Preguntó enarcando una ceja, dando énfasis a su pregunta.
—Vas a tener problemas por lo de hoy ¿no? —Comencé jugueteando con el lápiz en mis manos, pero sin dejar de mirarlo a él— Sé que se disculpó, pero fue obvio que no lo sentía en realidad y que estaba bastante molesto por lo que dijiste —Continué consiguiendo que frunciera el seño— Vas a tener problemas por mi culpa ¿Verdad? —Insistí.
Relajó el seño y se recostó en el respaldo de su silla, tamborileando en la mesa con su lápiz, pareciendo de pronto despreocupado
—Siempre consigo meterme en problemas antes de que acabe el día así que no hay mucha diferencia —Respondió, restándole importancia.
Esta vez fue mi turno de fruncir el ceño— No lo entiendo —Pensé en voz alta.
Me pareció que entendió exactamente a lo que me refería y posiblemente no estaba dispuesto a responder una pregunta que de todos modos yo no me habría atrevido a formular.
Así que, ambos ignoramos mi comentario.
Recordé entonces el cuaderno que había hecho para él y decidí que debí entregárselo en ese momento, las cosas no podían ponerse más incomodas.
Rebusqué en mi bolso y encontré el cuaderno azul que tenía escrito su nombre con letras negras en la esquina inferior derecha de la tapa— Toma —se lo extendí a través de la mesa.
Lo tomó en seguida y lo examinó con la mirada— Muy… serio —murmuró aún observándolo.
Solté una risita nerviosa y le hice un gesto con la mano para que lo abriese, en cuanto lo hizo levantó una ceja interrogante y una sonrisa se abrió pasó en sus labios— ¿Un tigre? —Preguntó clavando sus ojos en mí.
Asentí, sintiéndome repentinamente ridícula por mi lógica, pero, finalmente, lo expliqué— Cuando te conocí, me pareciste muy serio y algo intimidante, pero luego, bueno… creo que detrás de eso hay mucho más en ti.
Amplió un poco más su sonrisa, aunque parecía tratando de contenerla, volvió a mirar el cuaderno que le había dado y lo hice también, en la parte interior de la tapa dibujé un tigre, no era perfecto, pero había trabajado mucho en él, y el sentido que quise darle se logró, era un tigre blanco saliendo del agua, rugiendo ferozmente, me recordaba mucho a Edward, misterioso, peligroso, salvajemente hermoso.
Me sonrojé ante el pensamiento, esa era una verdad evidente, pero me resistía a pensar en ello.
—Es una metáfora interesante —Comentó aún con su sonrisa, sacándome de mis pensamientos, por un momento me aterré al pensar que había vuelto a pensar en voz alta, pero luego recordé que le había dicho media verdad antes.
—Lo es —Dije simplemente, devolviéndole la sonrisa.
Unos minutos más tarde, Edward nos llevó a casa, se despidió prometiéndole a Jessica que pasaría a recogernos por la mañana para ir a la escuela para que no tuviésemos que caminar tanto bajo la llovizna matinal.
Y así fue, a la mañana siguiente, Edward estuvo puntual fuera de la casa de Earl, él y Jessica jugaron a las veinte preguntas, consiguiendo que me enterase que bebidas preferían, el día de la semana que menos y más les gustaba, el color de los calcetines que traían puestos…
El resto del día pasó rápido y sin incidentes dignos de mencionar, hasta el almuerzo, cuando Edward llegó a sentarse junto a mí, con algo blanco entre las manos.
—La última vez que verifiqué, el aire no estaba en la pirámide alimenticia —Comentó, medio en serio.
—No tengo hambre —Respondí sinceramente.
Él frunció el seño, pero no dijo nada al respecto, y me tendió lo que tenía en la mano. Lo tomé sin preguntar y vi que era un cuaderno completamente blanco, las hojas también lo eran.
—¿Se supone que esto habla de mí? —Pregunté confundida, levantando el cuaderno para dar énfasis a mis palabras— ¿Es algo así como un insulto?
Edward rodó los ojos y sacó de su bolsillo trasero un estuche transparente con lapiceras de colores, podía ver todos los colores, menos negro.
—La segunda parte del proyecto es escribir en los cuadernos, Emmett dice que nadie va a leerlo, así que la idea es usarlo como un diario personal —Explicó con tono aburrido.
—Si nadie va a leerlo, ¿Para que escribir en él? —Pregunté con desconfianza.
Edward río un poco— No lo sé, pero el profesor Cullen nunca se ha destacado por su mente brillante.
Tuve que reír con él ante tal declaración.
—Esto es algo que tendrás que hacer por obligación, así que pensé que era un buen momento para recuperar viejas costumbres —Explicó, mientras me entregaba el estuche— Puedes escribir cada día con el color que represente tu estado de animo.
Dejé de reír al comprenderlo, miré los alegres colores de las lapiceras en mis manos y luego el rostro de mal disimulada expectación de Edward, era un detalle pequeño, que podría parecer casi insignificante, pero no lo era.
Los días avanzaron, convirtiéndose en semanas sin demasiado ruido, no me atreví a escribir nada demasiado privado en el cuaderno, porque me era muy difícil abrirme, aunque fuese con un trozo de papel.
Por otro lado, Edward y yo habíamos formado una intensa amistad, sin embargo, era muy diferente a la que compartía con Alice y Jasper
Cuando pensaba en él, solía pasarme horas perdida de la realidad, decidiendo que era lo que más me gustaba de él, y habían tantas cosas, su manera de sonreír cuando estaba contento, como se mueven sus labios al hablar, la suavidad con la que nos trataba a Jessica y a mí a pesar de parecer un ogro furioso con todos los demás.
Estaba perdida, absolutamente perdida en él.
Me sentía como una niña otra vez, y de alguna manera me parecía que la vida ya no pesaba tanto, como si él llevase gran parte por mí, sin siquiera notarlo.
Y otra vez estaba caminando con una tonta sonrisa en los labios, era nuevo, pero definitivamente, agradable. Ya era la hora de la clase del profesor Cullen, y de solo recordarlo apuré el paso para evitar un encuentro desagradable, cuando giré en la esquina, mi sonrisa se congeló un momento, y me detuve involuntariamente.
Al otro lado del pasillo, en la puerta del salón, estaba Edward, con su bonita sonrisa de príncipe charlando animadamente con una chica. Clavé la mirada en el piso y abracé con más fuerza los libros que traía, mientras me repetía mentalmente que estaba bien, éramos sólo amigos, además, estaban sólo hablando, no debía importarme.
Pero caramba, me importaba.
Gemí molesta por los extraños y desagradables sentimientos que comenzaban a atacarme. Levanté la mirada y me preocupé de no mirarlos, simplemente respire y avancé, tratando por todos los medios, de obviar el infame cosquilleo de incomodidad en mi estomago hasta que me vi sentada en mi lugar de siempre en el salón, acomodé mis cosas sobre la mesa y clavé mi vista en la tapa de mi cuaderno, los siguientes segundos parecieron eternos, como si horas y horas transcurrieran burlándose de mí.
Pero ¡Por Dios! Era tan ridículo, era sólo Edward, charlando con una chica. Levanté la mirada despacio y encontré la razón de mi malestar.
La chica era Angela Webber, y lo miraba como si él fuera el sol, podía entenderla, y ya había notado su creciente interés en mi amigo, pero ¿Por qué él debía mirarla así? ¿Por qué estaba sonriéndole como si le hubiese regalado algo fantástico.
Sacudí la cabeza como si así lograse dejar el melodrama, realmente sabía que era absurdo darle tantas vueltas al asunto, pero simplemente no podía. El profesor Cullen apareció en el marco de la puerta y sonrió encantado cuando vio que era Angela con quien estaba hablando tan animadamente su hermano, me miró por un momento y casi pude distinguir un brillo burlón en su expresión.
Que paranoica.
Pareció decir algo que disgustó a Edward porque cambió su expresión y repentinamente los tres me miraron a mí, desvié mis ojos al sentirme incomoda porque supiesen que estaba observándolos con tanta atención. Un momento después, Edward se estaba sentando en su lugar junto a mí
—¡Ah! —Suspiró el profesor Cullen terminando de entrar— ¿Cómo está mi clase favorita? —Preguntó sonriendo a sus anchas. Algunas chicas soltaron risillas encantadas y Tayler hizo un par de bromas al aire que el señor Cullen se tomó de muy buen humor.
—Antes de comenzar la clase —Continuó dejando sus cosas sobre su escritorio— Vamos a revisar que estén cumpliendo con el proyecto que les asigné hace algunas semanas.
Se cruzó de brazos y se apoyó en su escritorio con esa enorme sonrisa aún en su rostro y comenzó a recorrer el salón con la mirada.
—¡Encantadora, Lauren! —Exclamó deteniendo su mirada en ella, que a su vez lo miraba con cara de estar soñando despierta— Muéstranos tu cuaderno y cuanto haz escrito en él.
—Claro, claro —Murmuró ligeramente avergonzada después de que Angela, su compañera de lugar le diera un codazo para hacerla reaccionar, una tenue ola de risas amistosas recorrió el salón y Angela Webber eligió ese preciso momento para mirar en mi dirección esbozando una sonrisa tímidamente coqueta, fruncí el ceño desconcertada y dos segundos más tarde descubrí que no era a mí a quien miraba, giré mi cabeza lo suficiente para ver que Edward estaba devolviéndole la sonrisa.
—Maravilloso —Mascullé, sin poder contenerme, sentándome correctamente en la silla y clavando mi mirada al frente sin hacer el más mínimo caso a cualquier cosa que no fuera el afiche de “Cuida tu planeta” que estaba pegado junto a la pizarra.
—¡Esa es mi chica! —Exclamó el señor Cullen llamando mi atención, Lauren le había enseñado su “diario- Proyecto” y había escrito poco menos de la mitad de las hojas, le devolvió el cuaderno rosa que parecía tener mucha brillantina expresando perfectamente la personalidad de Lauren, quien lo recibió sonriendo complacida.
—Bien, mi amigo Tayler es el siguiente —Tayler le entregó su cuaderno y al ver que también tenía una buena cantidad de hojas escritas se lo devolvió felicitándolo y chocando palmas con él.
Luego de seguir con un par de chicos más, suspiró como si la diversión se hubiese acabado y se acercó a nuestra mesa— Swan —Dijo simplemente extendiendo su mano hacía mí.
Apreté la mandíbula pensando que definitivamente este día no podía empeorar y simplemente tomé mi bolso con un movimiento brusco y saqué el cuaderno que seguía tan blanco y virgen como el momento en que Edward me lo dio.
—¿Es una broma? —Inquirió indignado— ¡¿Nada?! ¡¿Ni siquiera tu nombre?!
Su tono fue agresivo, y estaba segura que estaba mirándome con esa cara de perpetuo desagrado cuando se trataba de mí.
—No he tenido nada que escribir —Murmuré sonando más insegura que molesta, a pesar de sentirme definitivamente más inclinada a la segunda opción.
El cuaderno blanco cayó con un golpe sordo sobre la mesa a centímetros de mí, di un pequeño salto en mi lugar y por un segundo vi el puño de Earl azotándose contra mi mesa en lugar del inofensivo objeto y los latidos de mi corazón se dispararon en el acto al sentir la amenaza.
—Mírame cuando te hablo Swan —Exigió en el mismo tono que antes, obedecí en el acto, demasiado impresionada aún, y me encontré con su feroz mirada— No vas a burlarte de mí ¿Esta claro?
—No pretendí…
—¡¿Está claro?! —Interrumpió mi explicación poniendo la palma sobre mi cuaderno firmemente provocándome otro sobre salto.
—Lo esta —Respondí en seguida tragándome cualquier perturbación tratando de sonar lo más serena posible.
Ordenó del mismo modo hostil que llenará como mínimo una hoja antes de terminar la clase y otras tres para el día siguiente.
Y lo hice, demonios que lo hice, escribí cada insulto, cada reproche, cada sentimiento destructivo que me estaba consumiendo el alma, con el lápiz rojo de mi estuche descargué por completo todo lo que tenía dentro.
Ni siquiera note cuando el timbre sonó, o cuando el salón estuvo vacío, hasta que Edward tocó suavemente mi brazo deteniéndome y quitó con su otra mano el lápiz de mi mano.
—Es suficiente, Bella —su voz fue suave, a pesar de que su rostro estaba contorsionado por la ira, miré el cuaderno y vi que ya había escrito cuatro paginas, volví a mirarlo de pie junto a mí y luego recorrí el salón con la mirada, siendo conciente en ese momento que todos habían dejado el lugar, excepto el señor Cullen y Angela que estaban charlando animadamente junto al escritorio del primero.
Tragué el nudo en mi garganta y me puse de pie tomando mis cosas rápidamente, caminé con el cuaderno en mi mano y lo lancé sobre el escritorio del señor Cullen tal y como él había hecho conmigo, levantó la mirada con el seño fruncido pero no oí lo que sea que fuera a reclamarme, seguí caminando y salí del salón en seguida.
Caminé rápidamente por los pasillos y limpié con violencia una entupida lágrima que corrió por mi mejilla.
En ese momento decidí que los odiaba, los odiaba a todos, a cada persona que existiera en ese planeta.
Seguí caminando hasta salir del edificio y no me detuve hasta cruzar la carretera y adentrarme en el bosque y no fue hasta que me vi completamente sola, sentada en la húmeda hierba abrazando mis piernas con la cabeza enterrada en las rodillas que me permití soltar toda la ira, frustración y tristeza húmeda que estaba conteniendo, mientras murmuraba inteligiblemente cuanto odiaba a todo el mundo.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo V.
Odio.
........
—Que no este chillando y aullando como un animal, no significa que ella no este poniendo atención —La voz grave y claramente molesta de Edward interrumpió bruscamente lo que sea que su hermano fuera a decirme— Quizá sea usted quien deba prestar más atención en quien lo toma en serio y quien lo toma como un simplón y pintoresco profesor de pueblo —terminó absolutamente inflexible, no dije, nada, no estaba segura de que debía decir, sólo me quede ahí, igual que todos los demás viendo como se desataba otra guerra de voluntades Cullen.
Y era por mí. Edward me estaba defendiendo a mí.
………
—¡Es un completo imbécil! ¡¿Quién demonios se cree que es?!
—El maestro, quizá —Respondí suavemente, distraída subiendo mis pies a la banca donde estaba sentada pegando las rodillas a mi pecho.
—No eres graciosa —afirmó con voz molesta, Edward no había dejado el tema ahí a pesar de que el señor Cullen se había disculpado y había continuado la clase ignorándonos.
Había reunión de profesores, así que la última clase había sido suspendida, y Edward se quedó conmigo en el patio de la primaria esperando a Jessica. Él estaba sentado encima de la mesa y yo en la banca dándole la espalda.
—¿Por qué estás tan molesto? —Inquirí girando mi cabeza para mirarlo sobre mi hombro, estaba frunciendo el seño apoyando los codos en sus rodillas.
—¿Por qué estás tan tranquila? —Contra atacó clavando su mirada en mí— No tenía ninguna razón para hablarte así.
—Tampoco la tenía para no hacerlo, es el maestro y yo estaba distraída —Me encogí de hombros restándole importancia— Está bien.
Sacudió su cabeza en desacuerdo, y justo entonces sonó el timbre anunciando el terminó de las clases en la primaria. Los niños comenzaron a salir en seguida, corriendo en busca de sus padres o hermanos mayores para volver a casa.
Jessica llegó pronto junto a nosotros con una brillante sonrisa.
—Hola, Edward —Saludó amablemente en cuanto lo vio, mirándolo con curiosidad, pero sin hacerlo notar demasiado.
—Ella es mi hermana Jessica ¿La recuerdas? —Presenté rápidamente, levantándome de la banca.
Él asintió levantándose también— Me alegra verte de nuevo —dijo sonriendo un poco.
—A mí también, es bueno verte bien —Respondió ella— ¿Vienes con nosotras?
Edward me miró interrogante y me apresuré a explicarle —Vamos a la cafetería de los Webber.
Otra sonrisa ladeada apareció en su rostro, esta vez, con más fluidez.
…
—Estás loca, Bob Esponja es una caricatura a prueba de tontos —Afirmó Edward, pareciendo realmente ofendido— ¿Quieres ver algo realmente bueno? —Preguntó apuntando a Jess con la cuchara de su chocolate caliente— Don Gato y su pandilla —Terminó como si hubiese revelado algo importantísimo.
Jessica frunció el seño y comenzó a negar en desacuerdo— Eso ni siquiera existe.
Edward gimió de manera muy fingida y cubrió su rostro como si de veras estuviese muy frustrado haciéndome reír— No puedo creer que mantengas a tu hermana en la ignorancia de esta manera —me acusó.
Me encogí de hombros declarándome neutral— Bob Esponja no me parece tan malo.
—¡Mujeres! —Exclamó rodando los ojos, haciendo reír a Jessica esta vez.
Había sido así toda la tarde, parecía otra persona, estaba tan relajado y había estado discutiendo sobre cualquier nimiedad sólo para divertir a mi hermana, nos sentamos en la misma mesa del fondo donde habíamos medio arrastrado a Edward antes.
Unos minutos más tarde aparecieron los gemelos Webber y Jess se fue a jugar con ellos después de asegurarme que no tenía tarea.
Pero nosotros, si la teníamos, así que comenzamos a trabajar en silencio, sin embargo, no podía concentrarme, había algo que no dejaba de preocuparme, levanté la mirada de mis libros y vi a Edward distraído garabateando en una hoja, que obviamente no era su tarea de historia, como si hubiese sentido mi mirada clavada en él u oído mis pensamientos levantó los ojos y me miró interrogante.
—¿Pasa algo? —Preguntó enarcando una ceja, dando énfasis a su pregunta.
—Vas a tener problemas por lo de hoy ¿no? —Comencé jugueteando con el lápiz en mis manos, pero sin dejar de mirarlo a él— Sé que se disculpó, pero fue obvio que no lo sentía en realidad y que estaba bastante molesto por lo que dijiste —Continué consiguiendo que frunciera el seño— Vas a tener problemas por mi culpa ¿Verdad? —Insistí.
Relajó el seño y se recostó en el respaldo de su silla, tamborileando en la mesa con su lápiz, pareciendo de pronto despreocupado
—Siempre consigo meterme en problemas antes de que acabe el día así que no hay mucha diferencia —Respondió, restándole importancia.
Esta vez fue mi turno de fruncir el ceño— No lo entiendo —Pensé en voz alta.
Me pareció que entendió exactamente a lo que me refería y posiblemente no estaba dispuesto a responder una pregunta que de todos modos yo no me habría atrevido a formular.
Así que, ambos ignoramos mi comentario.
Recordé entonces el cuaderno que había hecho para él y decidí que debí entregárselo en ese momento, las cosas no podían ponerse más incomodas.
Rebusqué en mi bolso y encontré el cuaderno azul que tenía escrito su nombre con letras negras en la esquina inferior derecha de la tapa— Toma —se lo extendí a través de la mesa.
Lo tomó en seguida y lo examinó con la mirada— Muy… serio —murmuró aún observándolo.
Solté una risita nerviosa y le hice un gesto con la mano para que lo abriese, en cuanto lo hizo levantó una ceja interrogante y una sonrisa se abrió pasó en sus labios— ¿Un tigre? —Preguntó clavando sus ojos en mí.
Asentí, sintiéndome repentinamente ridícula por mi lógica, pero, finalmente, lo expliqué— Cuando te conocí, me pareciste muy serio y algo intimidante, pero luego, bueno… creo que detrás de eso hay mucho más en ti.
Amplió un poco más su sonrisa, aunque parecía tratando de contenerla, volvió a mirar el cuaderno que le había dado y lo hice también, en la parte interior de la tapa dibujé un tigre, no era perfecto, pero había trabajado mucho en él, y el sentido que quise darle se logró, era un tigre blanco saliendo del agua, rugiendo ferozmente, me recordaba mucho a Edward, misterioso, peligroso, salvajemente hermoso.
Me sonrojé ante el pensamiento, esa era una verdad evidente, pero me resistía a pensar en ello.
—Es una metáfora interesante —Comentó aún con su sonrisa, sacándome de mis pensamientos, por un momento me aterré al pensar que había vuelto a pensar en voz alta, pero luego recordé que le había dicho media verdad antes.
—Lo es —Dije simplemente, devolviéndole la sonrisa.
Unos minutos más tarde, Edward nos llevó a casa, se despidió prometiéndole a Jessica que pasaría a recogernos por la mañana para ir a la escuela para que no tuviésemos que caminar tanto bajo la llovizna matinal.
Y así fue, a la mañana siguiente, Edward estuvo puntual fuera de la casa de Earl, él y Jessica jugaron a las veinte preguntas, consiguiendo que me enterase que bebidas preferían, el día de la semana que menos y más les gustaba, el color de los calcetines que traían puestos…
El resto del día pasó rápido y sin incidentes dignos de mencionar, hasta el almuerzo, cuando Edward llegó a sentarse junto a mí, con algo blanco entre las manos.
—La última vez que verifiqué, el aire no estaba en la pirámide alimenticia —Comentó, medio en serio.
—No tengo hambre —Respondí sinceramente.
Él frunció el seño, pero no dijo nada al respecto, y me tendió lo que tenía en la mano. Lo tomé sin preguntar y vi que era un cuaderno completamente blanco, las hojas también lo eran.
—¿Se supone que esto habla de mí? —Pregunté confundida, levantando el cuaderno para dar énfasis a mis palabras— ¿Es algo así como un insulto?
Edward rodó los ojos y sacó de su bolsillo trasero un estuche transparente con lapiceras de colores, podía ver todos los colores, menos negro.
—La segunda parte del proyecto es escribir en los cuadernos, Emmett dice que nadie va a leerlo, así que la idea es usarlo como un diario personal —Explicó con tono aburrido.
—Si nadie va a leerlo, ¿Para que escribir en él? —Pregunté con desconfianza.
Edward río un poco— No lo sé, pero el profesor Cullen nunca se ha destacado por su mente brillante.
Tuve que reír con él ante tal declaración.
—Esto es algo que tendrás que hacer por obligación, así que pensé que era un buen momento para recuperar viejas costumbres —Explicó, mientras me entregaba el estuche— Puedes escribir cada día con el color que represente tu estado de animo.
Dejé de reír al comprenderlo, miré los alegres colores de las lapiceras en mis manos y luego el rostro de mal disimulada expectación de Edward, era un detalle pequeño, que podría parecer casi insignificante, pero no lo era.
Los días avanzaron, convirtiéndose en semanas sin demasiado ruido, no me atreví a escribir nada demasiado privado en el cuaderno, porque me era muy difícil abrirme, aunque fuese con un trozo de papel.
Por otro lado, Edward y yo habíamos formado una intensa amistad, sin embargo, era muy diferente a la que compartía con Alice y Jasper
Cuando pensaba en él, solía pasarme horas perdida de la realidad, decidiendo que era lo que más me gustaba de él, y habían tantas cosas, su manera de sonreír cuando estaba contento, como se mueven sus labios al hablar, la suavidad con la que nos trataba a Jessica y a mí a pesar de parecer un ogro furioso con todos los demás.
Estaba perdida, absolutamente perdida en él.
Me sentía como una niña otra vez, y de alguna manera me parecía que la vida ya no pesaba tanto, como si él llevase gran parte por mí, sin siquiera notarlo.
Y otra vez estaba caminando con una tonta sonrisa en los labios, era nuevo, pero definitivamente, agradable. Ya era la hora de la clase del profesor Cullen, y de solo recordarlo apuré el paso para evitar un encuentro desagradable, cuando giré en la esquina, mi sonrisa se congeló un momento, y me detuve involuntariamente.
Al otro lado del pasillo, en la puerta del salón, estaba Edward, con su bonita sonrisa de príncipe charlando animadamente con una chica. Clavé la mirada en el piso y abracé con más fuerza los libros que traía, mientras me repetía mentalmente que estaba bien, éramos sólo amigos, además, estaban sólo hablando, no debía importarme.
Pero caramba, me importaba.
Gemí molesta por los extraños y desagradables sentimientos que comenzaban a atacarme. Levanté la mirada y me preocupé de no mirarlos, simplemente respire y avancé, tratando por todos los medios, de obviar el infame cosquilleo de incomodidad en mi estomago hasta que me vi sentada en mi lugar de siempre en el salón, acomodé mis cosas sobre la mesa y clavé mi vista en la tapa de mi cuaderno, los siguientes segundos parecieron eternos, como si horas y horas transcurrieran burlándose de mí.
Pero ¡Por Dios! Era tan ridículo, era sólo Edward, charlando con una chica. Levanté la mirada despacio y encontré la razón de mi malestar.
La chica era Angela Webber, y lo miraba como si él fuera el sol, podía entenderla, y ya había notado su creciente interés en mi amigo, pero ¿Por qué él debía mirarla así? ¿Por qué estaba sonriéndole como si le hubiese regalado algo fantástico.
Sacudí la cabeza como si así lograse dejar el melodrama, realmente sabía que era absurdo darle tantas vueltas al asunto, pero simplemente no podía. El profesor Cullen apareció en el marco de la puerta y sonrió encantado cuando vio que era Angela con quien estaba hablando tan animadamente su hermano, me miró por un momento y casi pude distinguir un brillo burlón en su expresión.
Que paranoica.
Pareció decir algo que disgustó a Edward porque cambió su expresión y repentinamente los tres me miraron a mí, desvié mis ojos al sentirme incomoda porque supiesen que estaba observándolos con tanta atención. Un momento después, Edward se estaba sentando en su lugar junto a mí
—¡Ah! —Suspiró el profesor Cullen terminando de entrar— ¿Cómo está mi clase favorita? —Preguntó sonriendo a sus anchas. Algunas chicas soltaron risillas encantadas y Tayler hizo un par de bromas al aire que el señor Cullen se tomó de muy buen humor.
—Antes de comenzar la clase —Continuó dejando sus cosas sobre su escritorio— Vamos a revisar que estén cumpliendo con el proyecto que les asigné hace algunas semanas.
Se cruzó de brazos y se apoyó en su escritorio con esa enorme sonrisa aún en su rostro y comenzó a recorrer el salón con la mirada.
—¡Encantadora, Lauren! —Exclamó deteniendo su mirada en ella, que a su vez lo miraba con cara de estar soñando despierta— Muéstranos tu cuaderno y cuanto haz escrito en él.
—Claro, claro —Murmuró ligeramente avergonzada después de que Angela, su compañera de lugar le diera un codazo para hacerla reaccionar, una tenue ola de risas amistosas recorrió el salón y Angela Webber eligió ese preciso momento para mirar en mi dirección esbozando una sonrisa tímidamente coqueta, fruncí el ceño desconcertada y dos segundos más tarde descubrí que no era a mí a quien miraba, giré mi cabeza lo suficiente para ver que Edward estaba devolviéndole la sonrisa.
—Maravilloso —Mascullé, sin poder contenerme, sentándome correctamente en la silla y clavando mi mirada al frente sin hacer el más mínimo caso a cualquier cosa que no fuera el afiche de “Cuida tu planeta” que estaba pegado junto a la pizarra.
—¡Esa es mi chica! —Exclamó el señor Cullen llamando mi atención, Lauren le había enseñado su “diario- Proyecto” y había escrito poco menos de la mitad de las hojas, le devolvió el cuaderno rosa que parecía tener mucha brillantina expresando perfectamente la personalidad de Lauren, quien lo recibió sonriendo complacida.
—Bien, mi amigo Tayler es el siguiente —Tayler le entregó su cuaderno y al ver que también tenía una buena cantidad de hojas escritas se lo devolvió felicitándolo y chocando palmas con él.
Luego de seguir con un par de chicos más, suspiró como si la diversión se hubiese acabado y se acercó a nuestra mesa— Swan —Dijo simplemente extendiendo su mano hacía mí.
Apreté la mandíbula pensando que definitivamente este día no podía empeorar y simplemente tomé mi bolso con un movimiento brusco y saqué el cuaderno que seguía tan blanco y virgen como el momento en que Edward me lo dio.
—¿Es una broma? —Inquirió indignado— ¡¿Nada?! ¡¿Ni siquiera tu nombre?!
Su tono fue agresivo, y estaba segura que estaba mirándome con esa cara de perpetuo desagrado cuando se trataba de mí.
—No he tenido nada que escribir —Murmuré sonando más insegura que molesta, a pesar de sentirme definitivamente más inclinada a la segunda opción.
El cuaderno blanco cayó con un golpe sordo sobre la mesa a centímetros de mí, di un pequeño salto en mi lugar y por un segundo vi el puño de Earl azotándose contra mi mesa en lugar del inofensivo objeto y los latidos de mi corazón se dispararon en el acto al sentir la amenaza.
—Mírame cuando te hablo Swan —Exigió en el mismo tono que antes, obedecí en el acto, demasiado impresionada aún, y me encontré con su feroz mirada— No vas a burlarte de mí ¿Esta claro?
—No pretendí…
—¡¿Está claro?! —Interrumpió mi explicación poniendo la palma sobre mi cuaderno firmemente provocándome otro sobre salto.
—Lo esta —Respondí en seguida tragándome cualquier perturbación tratando de sonar lo más serena posible.
Ordenó del mismo modo hostil que llenará como mínimo una hoja antes de terminar la clase y otras tres para el día siguiente.
Y lo hice, demonios que lo hice, escribí cada insulto, cada reproche, cada sentimiento destructivo que me estaba consumiendo el alma, con el lápiz rojo de mi estuche descargué por completo todo lo que tenía dentro.
Ni siquiera note cuando el timbre sonó, o cuando el salón estuvo vacío, hasta que Edward tocó suavemente mi brazo deteniéndome y quitó con su otra mano el lápiz de mi mano.
—Es suficiente, Bella —su voz fue suave, a pesar de que su rostro estaba contorsionado por la ira, miré el cuaderno y vi que ya había escrito cuatro paginas, volví a mirarlo de pie junto a mí y luego recorrí el salón con la mirada, siendo conciente en ese momento que todos habían dejado el lugar, excepto el señor Cullen y Angela que estaban charlando animadamente junto al escritorio del primero.
Tragué el nudo en mi garganta y me puse de pie tomando mis cosas rápidamente, caminé con el cuaderno en mi mano y lo lancé sobre el escritorio del señor Cullen tal y como él había hecho conmigo, levantó la mirada con el seño fruncido pero no oí lo que sea que fuera a reclamarme, seguí caminando y salí del salón en seguida.
Caminé rápidamente por los pasillos y limpié con violencia una entupida lágrima que corrió por mi mejilla.
En ese momento decidí que los odiaba, los odiaba a todos, a cada persona que existiera en ese planeta.
Seguí caminando hasta salir del edificio y no me detuve hasta cruzar la carretera y adentrarme en el bosque y no fue hasta que me vi completamente sola, sentada en la húmeda hierba abrazando mis piernas con la cabeza enterrada en las rodillas que me permití soltar toda la ira, frustración y tristeza húmeda que estaba conteniendo, mientras murmuraba inteligiblemente cuanto odiaba a todo el mundo.
Sueño de Amor - Chapter 4
Summary: Una vida marcada por el abuso y la violencia, un baúl lleno de sueños y el descubrimiento de lo bello que es vivir de la manera menos esperada... Los sueños, aveces se hacen realidad.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo IV.
El proyecto.
…......
—¡Muy simple! Conozcan a su compañero de lugar, hagan que les confiesen sus sucios secretos y luego cuéntenle los propios. —Seguía hablando como si fuese un juego muy divertido—. Y háganlo bien, chicos, porque será fundamental para nuestro proyecto de este año.
Escuché risas nerviosas, bromas, jugueteos, y vi cómo alegremente todos ponían manos a la obra parloteando con su compañero de lugar, estando muy lejos de sentirme así de animada.
—Bien —dijo Edward, llamando mi atención, justo cuando lanzaba su lápiz al aire y lo volvía a capturar con naturalidad al bajar—. ¿Cuántos muertos hay en tu armario? Porque yo ya perdí la cuenta de los míos.
…......
Inmediatamente y como si nunca hubiese dicho nada, comenzó a garabatear otra vez en su cuaderno, desvié mi mirada de él al profesor Cullen que nos miraba con especial atención y cuando lo vi resoplar molesto una vez más, dispuesto a levantarse, supe que debía hacer algo, o habría otra guerra de voluntades, y esta vez, junto a mí.
—No sé tú, pero yo odio este lugar —comencé con voz temblorosa, en cuanto las palabras salieron de mí, Edward levantó la cabeza, con una mueca incrédula, como si no hubiese esperado aquello—, y necesito tener sobresaliente en todas las materias para aspirar a una beca en una buena universidad —continué con más firmeza en la voz—. Así qué… —Me aclaré la garganta para darle la entonación correcta a mi voz y de paso darme valor—, este proyecto es importante para mí, y si no hablas tú, lo haré yo.
Lentamente, una de las comisuras de sus labios se comenzó a elevar, esbozando una inquietante sonrisa ladeada, tan lento que casi me pareció que le costaba, como si no hubiese hecho el gesto en mucho tiempo.
Se acomodó en su lugar, apoyando perezosamente su espalda en su silla y con sus pies sobre un costado de la mía.
—Adelante —pronunció despacio, centrando toda su atención en mí.
Volví a mirar al profesor Cullen un momento y parecía más confundido que enojado esta vez, así que debía seguir hablando, además, no le había mentido a Edward, yo necesitaba llevar adelante aquel proyecto.
Pero no sabía qué decir.
—Mmm… Bueno… emm… —balbuceé un poco, tratando de encontrar algo en mi cabeza para contarle—. Mi nombre completo es Isabella, pero nunca me ha gustado, tengo dieciséis años, pero me siento mucho mayor, las matemáticas me provocan dolor de cabeza, mis mejores amigos se llaman Alice y Jasper, y tengo una hermana pequeña, Jessica…
—La niña que estaba contigo ayer —confirmó él, interrumpiéndome. Asentí un poco agradecida porque mi vida no era demasiado interesante y no había mucho que contar—. Es muy agradable.
Su comentario pareció completamente sincero y bien intencionado, y como consecuencia consiguió una enorme sonrisa de mi parte.
—Es la mejor persona que conozco.
Edward volvió a sentarse correctamente y lo vi fruncir ligeramente el ceño, sin mirarme en realidad.
—¿Tienes más hermanos?
—No —negué con suavidad—. Mis padres murieron algunos años después de que naciera Jessica.
—¿Ambos? —preguntó clavando su mirada en mí, simplemente me encogí de hombros un poco, queriendo evitar ahondar en el tema.
—¿Tú tienes más hermanos? —pregunté impulsivamente para distraer la atención de mí.
Su mirada viajó automáticamente a el profesor Cullen y luego regresó a su cuaderno tan rápidamente que de no haber estado mirándolo con tanta atención, no lo habría notado.
—No —respondió tajante y se quedó callado tanto tiempo que pensé que no volvería hablar, pero lo hizo—. Tuve una hermana.
No dije absolutamente nada, pero no me pasó desapercibida la forma en pasado de decirlo.
—¿Color favorito? —pregunté cambiando descaradamente de tema.
Edward levantó la cabeza y me miró confundido.
—¿Disculpa?
—Tu color favorito… ¿Cuál es? —titubeé un poco, pero no lo suficiente para que se notase, era obvio que el tema le incomodaba, es más, podría asegurar que no quiso decirme aquello.
Él pareció notarlo y sonrió un poco.
—Azul. ¿Y el tuyo?
—Ninguno —dije simplemente levantando ligeramente mis hombros, restándole importancia.
—Todos tienen uno —discutió él incrédulo, y con cierto tono divertido que casi no logro distinguir, desvié la mirada restándole importancia y mi cuaderno pareció muy interesante de pronto.
—¿Rojo? —insistió.
—No —respondí suavemente.
—¿Amarillo? —probó
No me molesté en articular palabra y simplemente negué.
—¿Rosa? —intentó otra vez, incluso con más interés.
Solté una risita pequeña.
— Definitivamente, no—Respondí con una sonrisa y levanté la mirada para verlo también sonriendo, ladeé mi cabeza inconcientemente, analizando su expresión, parecía relajado y divertido.
—Nombre de tu primera mascota —volví a cambiar el tema.
EL negó con una sonrisa aún.
—Si no respondes, pierdes tu turno.
—No sabía que teníamos turnos —comenté con una sonrisa involuntaria.
Se encogió de hombros con desenvoltura.
—Ahora lo sabes.
Otra risita pequeña escapó de mí y mordí mi labio inferior para contenerla, como si se tratase de algo prohibido sentirme alegre.
—Está bien —comencé, suspirando, y tomé mi lápiz para juguetear con él mientras pensaba en mi respuesta—. Antes me gustaban todos, y dependiendo de mi estado de animo tenía preferencia por uno u otro…
—Eso es extraño —intervino, frunciendo el ceño pero conservando su sonrisa.
—Lo sé —acepté correspondiendo a su sonrisa.
—¿Y un día despertaste y pensaste " ya no me gustan los colores"? —preguntó, como si le pareciese muy gracioso.
Me encogí de hombros despacio y volví la mirada a mi cuaderno.
—Supongo que ahora hay cosas más importantes que los colores para mí.
La amargura en mi voz no pasó desapercibida para ninguno de los dos, y un incómodo silencio se apoderó del espacio entre nosotros.
—Nunca tuve una mascota —habló de pronto, consiguiendo mi atención—. Yo quería un tigre blanco y obviamente jamás lo tuve.
Lo miré un par de segundos desconcertada y tuve que reír cuando me di cuenta de que hablaba en serio, él simplemente se encogió de hombros sonriendo un poco.
La conversación fue fácil y divertida, Edward parecía relajado y yo me sentía igual, y sin darme cuenta la clase estaba acabando y el profesor Cullen estaba llamando la atención de todos para explicar el siguiente paso del proyecto.
—Si han hecho bien la primera parte, lo siguiente será pan comido —comenzó con una sonrisa amistosa—. Con la información que obtuvieron de su compañero deberán elegir un cuaderno para él o ella —continuó, sin dejar nada verdaderamente claro—. Pueden comprarlo, o hacerlo ustedes mismos, lo que les parezca mejor, pero sean ingeniosos, la tarea no es tan fácil como parece.
Edward bufó junto a mí y comenzó a recoger sus cosas.
— Es un idiota —comentó negando con la cabeza, contraje los labios en una mueca para no protestar, a mi me parecía una buena persona, pero era obvio que no tenían una buena relación.
Salimos juntos del salón y con un asentimiento de su parte una sonrisa forzada de la mía nos despedimos.
Mi siguiente clase me la pasé pensando en qué tipo de cuaderno debía darle a Edward, sin llegar a ninguna conclusión.
Más tarde ese día, cuando entrábamos a la casa de Earl, estruendos y golpes sordos nos recibieron desde el segundo piso, no era nada nuevo para nosotras, sin embargo al llegar a la mitad de la sala, la voz de un desconocido, teñida de pánico y suplica, resonó en todo el lugar.
Jessica abrió los ojos más de la cuenta al oír los gritos que comenzó a proferir el hombre que no era Earl, y luego un golpe sordo y… nada.
Silencio.
—Bella… —susurró mi hermana, temblando de los pies a la cabeza, sin despegar su mirada de la escalera, yo no estaba en una posición muy diferente, sólo que mi cuerpo estaba completamente tenso.
Estaba aterrada, mi mente estaba completamente nublada por el pánico, y aunque en ese momento el único sonido era el de nuestras respiraciones, me parecía oír una y otra vez ese último grito resonando con fuerza en mi cabeza.
Sentí el crujir de una de las puertas en la planta alta, unos torpes y pesados pasos.
—¡Bella…!—repitió Jessica en un susurró histérico haciéndome reaccionar, sin embargo no había sido demasiado rápida, Earl apareció bajando las escaleras, con los ojos desorbitados y cubierto de sangre; aunque se tambaleaba inestable, no parecía estar herido.
En cuanto notó nuestra presencia, su mueca se volvió salvaje y comenzó a gruñir y soltar palabrotas sin mucho sentido, estaba mirando sin mirar en realidad, como si estuviese perdido muy lejos de allí. Comenzó a acercarse a grandes zancadas resoplando como un toro furioso, Jessica profirió un gritó ahogado de terror, pero no se movió de su lugar delante de mí, como si con su pequeño cuerpo pudiese protegerme de la bestia. La jalé de un brazo con demasiada brusquedad por los nervios y la arrastré lejos de Earl, atravesamos la sala y la cocina, en cuanto llegamos a nuestro cuarto empujé a Jessica dentro, haciendo que cayera de bruces al piso, entonces sentí la mano de Earl aferrándose a mi cabello, para luego jalarlo dolorosamente, entonces cerré la puerta y la trabé desde fuera, sabiendo que no podría entrar sin que él me siguiera.
—¡Bella! ¡Bella! ¡Déjala!¡Por Dios, Bella, déjame salir! —los golpes en la puerta debían ser bastante fuertes porque a pesar de que Earl también gritaba yo lograba oír las suplicas de mi hermana—. ¡No le hagas daño, Earl! ¡Por favor, déjala!
Earl me tiró al otro lado de la habitación y apreté los labios para no quejarme, no queriendo alterar más a Jess.
—¡No! ¡No, Bella! —gritó más fuerte azotando la puerta de madera—. ¡Bella-a! —sollozó.
Y entonces agradecí que Earl estuviese tan ido y pareciese no escucharla, cualquier pensamiento desapareció entonces porque aquel repugnante hombre estaba otra vez a pocos centímetros, listo para arremeter contra mí.
Media hora más tarde, ni siquiera pude levantarme del piso.
Mi cabeza dolía muchísimo y sentía que la garganta me quemaba, sentí un suspiro tembloroso, parecía tan lejano, igual que unas manos pequeñas que parecían plumas acariciando mi rostro, muy despacio.
Moví mi cabeza tratando de acomodarme, pero me pareció imposible, me quejé despacio y aspiré con toda la fuerza que pude.
Abrí los ojos despacio parpadeando con dificultad, sentía como si tuviese arena en ellos, Jessica estaba ahí, junto a mí, con los ojos hinchados, inyectados en sangre y anegados en lágrimas, igual que sus húmedas y sonrosadas mejillas.
—¿Qué haces aquí afuera? —pregunté despacio con voz rasposa.
—Él me dejó salir… hace un rato —susurró en respuesta, con dificultad por el llanto.
Y todo mi cuerpo se puso alerta.
—¡¿Te hizo daño? —pregunté frenética, tratando de levantarme.
Ella negó rápida y enérgicamente, poniendo sus manos en mis hombros, obligándome a recostarme.
—Ni siquiera me miró.
Me tomé un par de segundos para considerar si me decía la verdad, entonces suspiré y cerré los ojos otra vez.
—Estoy tan cansada —susurré, sin querer.
Y justo entonces lo volví a oír, los pesados pasos de Earl acercándose, el pánico bulló con intensidad dentro de mí, porque no me sentía con fuerzas para plantarme frente a él otra vez, y Jessica estaba demasiado cerca, abrí los ojos en seguida, y lo vi en la entrada de la cocina, mirándome con el ceño fruncido.
—Váyanse a su cuarto —ordenó con voz firme—. Ya avisé en su escuela que no irán lo que queda de la semana —comunicó de la misma forma—. Y siento eso —pronunció apuntándome con su cabeza, para luego voltearse y alejarse.
La furia reemplazó al temor y lo rebasó; lo había dicho... como si fuese algo sin ninguna importancia en lugar de haberme golpeado hasta dejarme casi inconsciente, sin contar el hecho de que probablemente había mantenido llorando a mi hermana preocupada por mí toda la noche.
Mi pequeña, frágil e inocente hermana de siete años.
No pude contener las lágrimas —de furia esta vez— y apreté los puños hasta que mis uñas hicieron sangrar mis palmas, el dolor hacía mucho más soportable la frustración y la impotencia.
…
El lunes de la siguiente semana llegó y yo estaba perfectamente, de hecho para el sábado ya lo estaba y había dedicado el fin de semana a pensar en el proyecto del profesor Cullen, ya había perdido varios días de clases y debía asegurarme de tener eso al menos.
—¿Segura que estás bien? —preguntó Jessica por millonésima vez cuando llegábamos a la escuela.
Me detuve frente a su edificio y la tomé por los hombros, inclinándome para quedar nuestros rostros a la misma altura.
—Estoy bien —aseguré, mirándola directamente a los ojos, tratando de quitar la preocupación de los suyos, besé su mejilla y la abracé con fuerza—. Ponte al día, recuerda que debes mantener tu promedio —le pedí, separándome de ella y acomodando su chaqueta.
Ella asintió y me volvió a abrazar envolviendo sus bracitos alrededor de mi cintura.
—Pórtate bien —ordenó al separarse y alejarse de mí para entrar a su edificio, haciéndome reír.
Cuando el almuerzo acabó, yo ya estaba en mi lugar esperando a que comenzará la clase. Todos los alumnos estaban ya en el salón también cuando Edward y el profesor Cullen llegaron, pareciendo furiosos. El primero avanzó sin mirar a nadie y se sentó junto a mí sin percatarse de mi presencia, el profesor Cullen tomó un plumón y escribió rápidamente en la pizarra blanca.
"Afecto y sexualidad"
Algunos se pusieron más rojos que de costumbre y otros comenzaron a silbar con infantil burla.
—Un lindo día, ¿no, chicos? —saludó el profesor Cullen, con su acostumbrada sonrisa, parecía que el único capaz de quitársela era Edward.
Comenzó a interactuar con la clase y todos parecían muy cómodos, todos menos Edward y yo, aunque seguramente por razones distintas.
—¿Y usted, señorita Swan? —levanté la mirada en cuanto oí mi nombre siendo pronunciado por el profesor Cullen, al mismo tiempo que Edward lo hacía mirándolo con el ceño levemente fruncido, al parecer tampoco le pasó desapercibido el leve tono endurecido al pronunciar mi nombre.
Y que a todos llamaba por su nombre de pila, excepto por Edward, y al parecer por mí.
—¿Perdón? —musité confundida.
—¿No le parece lo suficientemente interesante como para prestar atención?
Parpadeé confundida porque la hostilidad en su voz fue demasiado evidente y no lo comprendí.
—No, yo no…
—Entonces, dígame si está tan bien informada que no necesita poner atención —insistió interrumpiéndome.
—Ah…mm… yo —balbuceé sintiéndome intimidada porque todos estaban mirándome.
—¿Conoce la acción de las pastillas anticonceptivas? ¿La manera correcta de usar un condón? —interrogó sin ningún tacto, me sentí repentinamente atacada y avergonzada, y sentí un calor desde el cuello a la cabeza, debía estar increíblemente roja, y las risas de mis compañeros me lo confirmaron.
—No —respondí con voz pequeña.
—Bueno, entonces… —lo oí comenzar y cerré los ojos con fuerza, porque de ese modo me sentía menos expuesta.
—Que no esté chillando y aullando como un animal, no significa que ella no esté poniendo atención. —La voz grave y claramente molesta de Edward interrumpió bruscamente lo que sea que su hermano fuera a decirme—. Quizá sea usted quien deba prestar más atención en quién lo toma en serio y quién lo toma como un simplón y pintoresco profesor de pueblo —terminó absolutamente inflexible.
No dije, nada, no estaba segura de qué debía decir, sólo me quede ahí, igual que todos los demás viendo cómo se desataba otra guerra de voluntades Cullen.
Y era por mí. Edward me estaba defendiendo a mí.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo IV.
El proyecto.
…......
—¡Muy simple! Conozcan a su compañero de lugar, hagan que les confiesen sus sucios secretos y luego cuéntenle los propios. —Seguía hablando como si fuese un juego muy divertido—. Y háganlo bien, chicos, porque será fundamental para nuestro proyecto de este año.
Escuché risas nerviosas, bromas, jugueteos, y vi cómo alegremente todos ponían manos a la obra parloteando con su compañero de lugar, estando muy lejos de sentirme así de animada.
—Bien —dijo Edward, llamando mi atención, justo cuando lanzaba su lápiz al aire y lo volvía a capturar con naturalidad al bajar—. ¿Cuántos muertos hay en tu armario? Porque yo ya perdí la cuenta de los míos.
…......
Inmediatamente y como si nunca hubiese dicho nada, comenzó a garabatear otra vez en su cuaderno, desvié mi mirada de él al profesor Cullen que nos miraba con especial atención y cuando lo vi resoplar molesto una vez más, dispuesto a levantarse, supe que debía hacer algo, o habría otra guerra de voluntades, y esta vez, junto a mí.
—No sé tú, pero yo odio este lugar —comencé con voz temblorosa, en cuanto las palabras salieron de mí, Edward levantó la cabeza, con una mueca incrédula, como si no hubiese esperado aquello—, y necesito tener sobresaliente en todas las materias para aspirar a una beca en una buena universidad —continué con más firmeza en la voz—. Así qué… —Me aclaré la garganta para darle la entonación correcta a mi voz y de paso darme valor—, este proyecto es importante para mí, y si no hablas tú, lo haré yo.
Lentamente, una de las comisuras de sus labios se comenzó a elevar, esbozando una inquietante sonrisa ladeada, tan lento que casi me pareció que le costaba, como si no hubiese hecho el gesto en mucho tiempo.
Se acomodó en su lugar, apoyando perezosamente su espalda en su silla y con sus pies sobre un costado de la mía.
—Adelante —pronunció despacio, centrando toda su atención en mí.
Volví a mirar al profesor Cullen un momento y parecía más confundido que enojado esta vez, así que debía seguir hablando, además, no le había mentido a Edward, yo necesitaba llevar adelante aquel proyecto.
Pero no sabía qué decir.
—Mmm… Bueno… emm… —balbuceé un poco, tratando de encontrar algo en mi cabeza para contarle—. Mi nombre completo es Isabella, pero nunca me ha gustado, tengo dieciséis años, pero me siento mucho mayor, las matemáticas me provocan dolor de cabeza, mis mejores amigos se llaman Alice y Jasper, y tengo una hermana pequeña, Jessica…
—La niña que estaba contigo ayer —confirmó él, interrumpiéndome. Asentí un poco agradecida porque mi vida no era demasiado interesante y no había mucho que contar—. Es muy agradable.
Su comentario pareció completamente sincero y bien intencionado, y como consecuencia consiguió una enorme sonrisa de mi parte.
—Es la mejor persona que conozco.
Edward volvió a sentarse correctamente y lo vi fruncir ligeramente el ceño, sin mirarme en realidad.
—¿Tienes más hermanos?
—No —negué con suavidad—. Mis padres murieron algunos años después de que naciera Jessica.
—¿Ambos? —preguntó clavando su mirada en mí, simplemente me encogí de hombros un poco, queriendo evitar ahondar en el tema.
—¿Tú tienes más hermanos? —pregunté impulsivamente para distraer la atención de mí.
Su mirada viajó automáticamente a el profesor Cullen y luego regresó a su cuaderno tan rápidamente que de no haber estado mirándolo con tanta atención, no lo habría notado.
—No —respondió tajante y se quedó callado tanto tiempo que pensé que no volvería hablar, pero lo hizo—. Tuve una hermana.
No dije absolutamente nada, pero no me pasó desapercibida la forma en pasado de decirlo.
—¿Color favorito? —pregunté cambiando descaradamente de tema.
Edward levantó la cabeza y me miró confundido.
—¿Disculpa?
—Tu color favorito… ¿Cuál es? —titubeé un poco, pero no lo suficiente para que se notase, era obvio que el tema le incomodaba, es más, podría asegurar que no quiso decirme aquello.
Él pareció notarlo y sonrió un poco.
—Azul. ¿Y el tuyo?
—Ninguno —dije simplemente levantando ligeramente mis hombros, restándole importancia.
—Todos tienen uno —discutió él incrédulo, y con cierto tono divertido que casi no logro distinguir, desvié la mirada restándole importancia y mi cuaderno pareció muy interesante de pronto.
—¿Rojo? —insistió.
—No —respondí suavemente.
—¿Amarillo? —probó
No me molesté en articular palabra y simplemente negué.
—¿Rosa? —intentó otra vez, incluso con más interés.
Solté una risita pequeña.
— Definitivamente, no—Respondí con una sonrisa y levanté la mirada para verlo también sonriendo, ladeé mi cabeza inconcientemente, analizando su expresión, parecía relajado y divertido.
—Nombre de tu primera mascota —volví a cambiar el tema.
EL negó con una sonrisa aún.
—Si no respondes, pierdes tu turno.
—No sabía que teníamos turnos —comenté con una sonrisa involuntaria.
Se encogió de hombros con desenvoltura.
—Ahora lo sabes.
Otra risita pequeña escapó de mí y mordí mi labio inferior para contenerla, como si se tratase de algo prohibido sentirme alegre.
—Está bien —comencé, suspirando, y tomé mi lápiz para juguetear con él mientras pensaba en mi respuesta—. Antes me gustaban todos, y dependiendo de mi estado de animo tenía preferencia por uno u otro…
—Eso es extraño —intervino, frunciendo el ceño pero conservando su sonrisa.
—Lo sé —acepté correspondiendo a su sonrisa.
—¿Y un día despertaste y pensaste " ya no me gustan los colores"? —preguntó, como si le pareciese muy gracioso.
Me encogí de hombros despacio y volví la mirada a mi cuaderno.
—Supongo que ahora hay cosas más importantes que los colores para mí.
La amargura en mi voz no pasó desapercibida para ninguno de los dos, y un incómodo silencio se apoderó del espacio entre nosotros.
—Nunca tuve una mascota —habló de pronto, consiguiendo mi atención—. Yo quería un tigre blanco y obviamente jamás lo tuve.
Lo miré un par de segundos desconcertada y tuve que reír cuando me di cuenta de que hablaba en serio, él simplemente se encogió de hombros sonriendo un poco.
La conversación fue fácil y divertida, Edward parecía relajado y yo me sentía igual, y sin darme cuenta la clase estaba acabando y el profesor Cullen estaba llamando la atención de todos para explicar el siguiente paso del proyecto.
—Si han hecho bien la primera parte, lo siguiente será pan comido —comenzó con una sonrisa amistosa—. Con la información que obtuvieron de su compañero deberán elegir un cuaderno para él o ella —continuó, sin dejar nada verdaderamente claro—. Pueden comprarlo, o hacerlo ustedes mismos, lo que les parezca mejor, pero sean ingeniosos, la tarea no es tan fácil como parece.
Edward bufó junto a mí y comenzó a recoger sus cosas.
— Es un idiota —comentó negando con la cabeza, contraje los labios en una mueca para no protestar, a mi me parecía una buena persona, pero era obvio que no tenían una buena relación.
Salimos juntos del salón y con un asentimiento de su parte una sonrisa forzada de la mía nos despedimos.
Mi siguiente clase me la pasé pensando en qué tipo de cuaderno debía darle a Edward, sin llegar a ninguna conclusión.
Más tarde ese día, cuando entrábamos a la casa de Earl, estruendos y golpes sordos nos recibieron desde el segundo piso, no era nada nuevo para nosotras, sin embargo al llegar a la mitad de la sala, la voz de un desconocido, teñida de pánico y suplica, resonó en todo el lugar.
Jessica abrió los ojos más de la cuenta al oír los gritos que comenzó a proferir el hombre que no era Earl, y luego un golpe sordo y… nada.
Silencio.
—Bella… —susurró mi hermana, temblando de los pies a la cabeza, sin despegar su mirada de la escalera, yo no estaba en una posición muy diferente, sólo que mi cuerpo estaba completamente tenso.
Estaba aterrada, mi mente estaba completamente nublada por el pánico, y aunque en ese momento el único sonido era el de nuestras respiraciones, me parecía oír una y otra vez ese último grito resonando con fuerza en mi cabeza.
Sentí el crujir de una de las puertas en la planta alta, unos torpes y pesados pasos.
—¡Bella…!—repitió Jessica en un susurró histérico haciéndome reaccionar, sin embargo no había sido demasiado rápida, Earl apareció bajando las escaleras, con los ojos desorbitados y cubierto de sangre; aunque se tambaleaba inestable, no parecía estar herido.
En cuanto notó nuestra presencia, su mueca se volvió salvaje y comenzó a gruñir y soltar palabrotas sin mucho sentido, estaba mirando sin mirar en realidad, como si estuviese perdido muy lejos de allí. Comenzó a acercarse a grandes zancadas resoplando como un toro furioso, Jessica profirió un gritó ahogado de terror, pero no se movió de su lugar delante de mí, como si con su pequeño cuerpo pudiese protegerme de la bestia. La jalé de un brazo con demasiada brusquedad por los nervios y la arrastré lejos de Earl, atravesamos la sala y la cocina, en cuanto llegamos a nuestro cuarto empujé a Jessica dentro, haciendo que cayera de bruces al piso, entonces sentí la mano de Earl aferrándose a mi cabello, para luego jalarlo dolorosamente, entonces cerré la puerta y la trabé desde fuera, sabiendo que no podría entrar sin que él me siguiera.
—¡Bella! ¡Bella! ¡Déjala!¡Por Dios, Bella, déjame salir! —los golpes en la puerta debían ser bastante fuertes porque a pesar de que Earl también gritaba yo lograba oír las suplicas de mi hermana—. ¡No le hagas daño, Earl! ¡Por favor, déjala!
Earl me tiró al otro lado de la habitación y apreté los labios para no quejarme, no queriendo alterar más a Jess.
—¡No! ¡No, Bella! —gritó más fuerte azotando la puerta de madera—. ¡Bella-a! —sollozó.
Y entonces agradecí que Earl estuviese tan ido y pareciese no escucharla, cualquier pensamiento desapareció entonces porque aquel repugnante hombre estaba otra vez a pocos centímetros, listo para arremeter contra mí.
Media hora más tarde, ni siquiera pude levantarme del piso.
Mi cabeza dolía muchísimo y sentía que la garganta me quemaba, sentí un suspiro tembloroso, parecía tan lejano, igual que unas manos pequeñas que parecían plumas acariciando mi rostro, muy despacio.
Moví mi cabeza tratando de acomodarme, pero me pareció imposible, me quejé despacio y aspiré con toda la fuerza que pude.
Abrí los ojos despacio parpadeando con dificultad, sentía como si tuviese arena en ellos, Jessica estaba ahí, junto a mí, con los ojos hinchados, inyectados en sangre y anegados en lágrimas, igual que sus húmedas y sonrosadas mejillas.
—¿Qué haces aquí afuera? —pregunté despacio con voz rasposa.
—Él me dejó salir… hace un rato —susurró en respuesta, con dificultad por el llanto.
Y todo mi cuerpo se puso alerta.
—¡¿Te hizo daño? —pregunté frenética, tratando de levantarme.
Ella negó rápida y enérgicamente, poniendo sus manos en mis hombros, obligándome a recostarme.
—Ni siquiera me miró.
Me tomé un par de segundos para considerar si me decía la verdad, entonces suspiré y cerré los ojos otra vez.
—Estoy tan cansada —susurré, sin querer.
Y justo entonces lo volví a oír, los pesados pasos de Earl acercándose, el pánico bulló con intensidad dentro de mí, porque no me sentía con fuerzas para plantarme frente a él otra vez, y Jessica estaba demasiado cerca, abrí los ojos en seguida, y lo vi en la entrada de la cocina, mirándome con el ceño fruncido.
—Váyanse a su cuarto —ordenó con voz firme—. Ya avisé en su escuela que no irán lo que queda de la semana —comunicó de la misma forma—. Y siento eso —pronunció apuntándome con su cabeza, para luego voltearse y alejarse.
La furia reemplazó al temor y lo rebasó; lo había dicho... como si fuese algo sin ninguna importancia en lugar de haberme golpeado hasta dejarme casi inconsciente, sin contar el hecho de que probablemente había mantenido llorando a mi hermana preocupada por mí toda la noche.
Mi pequeña, frágil e inocente hermana de siete años.
No pude contener las lágrimas —de furia esta vez— y apreté los puños hasta que mis uñas hicieron sangrar mis palmas, el dolor hacía mucho más soportable la frustración y la impotencia.
…
El lunes de la siguiente semana llegó y yo estaba perfectamente, de hecho para el sábado ya lo estaba y había dedicado el fin de semana a pensar en el proyecto del profesor Cullen, ya había perdido varios días de clases y debía asegurarme de tener eso al menos.
—¿Segura que estás bien? —preguntó Jessica por millonésima vez cuando llegábamos a la escuela.
Me detuve frente a su edificio y la tomé por los hombros, inclinándome para quedar nuestros rostros a la misma altura.
—Estoy bien —aseguré, mirándola directamente a los ojos, tratando de quitar la preocupación de los suyos, besé su mejilla y la abracé con fuerza—. Ponte al día, recuerda que debes mantener tu promedio —le pedí, separándome de ella y acomodando su chaqueta.
Ella asintió y me volvió a abrazar envolviendo sus bracitos alrededor de mi cintura.
—Pórtate bien —ordenó al separarse y alejarse de mí para entrar a su edificio, haciéndome reír.
Cuando el almuerzo acabó, yo ya estaba en mi lugar esperando a que comenzará la clase. Todos los alumnos estaban ya en el salón también cuando Edward y el profesor Cullen llegaron, pareciendo furiosos. El primero avanzó sin mirar a nadie y se sentó junto a mí sin percatarse de mi presencia, el profesor Cullen tomó un plumón y escribió rápidamente en la pizarra blanca.
"Afecto y sexualidad"
Algunos se pusieron más rojos que de costumbre y otros comenzaron a silbar con infantil burla.
—Un lindo día, ¿no, chicos? —saludó el profesor Cullen, con su acostumbrada sonrisa, parecía que el único capaz de quitársela era Edward.
Comenzó a interactuar con la clase y todos parecían muy cómodos, todos menos Edward y yo, aunque seguramente por razones distintas.
—¿Y usted, señorita Swan? —levanté la mirada en cuanto oí mi nombre siendo pronunciado por el profesor Cullen, al mismo tiempo que Edward lo hacía mirándolo con el ceño levemente fruncido, al parecer tampoco le pasó desapercibido el leve tono endurecido al pronunciar mi nombre.
Y que a todos llamaba por su nombre de pila, excepto por Edward, y al parecer por mí.
—¿Perdón? —musité confundida.
—¿No le parece lo suficientemente interesante como para prestar atención?
Parpadeé confundida porque la hostilidad en su voz fue demasiado evidente y no lo comprendí.
—No, yo no…
—Entonces, dígame si está tan bien informada que no necesita poner atención —insistió interrumpiéndome.
—Ah…mm… yo —balbuceé sintiéndome intimidada porque todos estaban mirándome.
—¿Conoce la acción de las pastillas anticonceptivas? ¿La manera correcta de usar un condón? —interrogó sin ningún tacto, me sentí repentinamente atacada y avergonzada, y sentí un calor desde el cuello a la cabeza, debía estar increíblemente roja, y las risas de mis compañeros me lo confirmaron.
—No —respondí con voz pequeña.
—Bueno, entonces… —lo oí comenzar y cerré los ojos con fuerza, porque de ese modo me sentía menos expuesta.
—Que no esté chillando y aullando como un animal, no significa que ella no esté poniendo atención. —La voz grave y claramente molesta de Edward interrumpió bruscamente lo que sea que su hermano fuera a decirme—. Quizá sea usted quien deba prestar más atención en quién lo toma en serio y quién lo toma como un simplón y pintoresco profesor de pueblo —terminó absolutamente inflexible.
No dije, nada, no estaba segura de qué debía decir, sólo me quede ahí, igual que todos los demás viendo cómo se desataba otra guerra de voluntades Cullen.
Y era por mí. Edward me estaba defendiendo a mí.
Sueño de Amor - Chapter 3
Summary: Una vida marcada por el abuso y la violencia, un baúl lleno de sueños y el descubrimiento de lo bello que es vivir de la manera menos esperada... Los sueños, aveces se hacen realidad.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo III.
Relaciones humanas.
…......
—¿Dónde vamos? —pregunté dudosa, tratando de mantener el control del auto, mientras salía del estacionamiento.
—A la cafetería de los Webber —opinó Jess, quitándole la botella de la mano a Edward que se había dormido—. Esto es asqueroso —se quejó refiriéndose a la botella que lanzó por la ventana.
—OK, a la cafetería de los Webber —repetí nerviosa, sintiéndome completamente rígida y también sintiendo cómo mis manos comenzaron a sudar.
Y trataba de concentrarme en no estampar el costoso auto de Edward contra algún árbol.
…
—¿Te sientes mejor? —pregunté molesta, mirando a Edward que estaba frente a mí desparramado sobre un sofá, con un brazo sobre los ojos.
Torció los labios en disgusto al oír mi tono desagradable y descubrió uno de sus ojos para mirarme un momento antes de murmurar algo que no oí pero probablemente no serían halagos.
Estábamos en la cafetería de los Webber ya hacía unas horas, Edward se había desplomado sobre uno de los sofás al fondo del lugar y no se había movido de ahí.
Seguía agradecida porque no hubiese vomitado.
Él ya había bebido algunos cafés y Jessica lo había obligado a comer unos panecillos, ya no parecía a punto de perder la conciencia, sino más bien, parecía que lo acabaran de sacar de una licuadora.
—Me parece enfermo —susurró mi hermana sentada junto a él, mirándolo mortificada.
Me mordí la lengua para no decir lo que estaba pensando, una costumbre adquirida con el paso de los años, pero definitivamente ,a mí, también me parecía enfermo; me acerqué despacio, intentando que no lo notase y me senté a su derecha, miré a Jessica que seguía a su izquierda, y luego paseé mi mirada por la cafetería de los Webber: nadie parecía estar observándonos especialmente, pero yo sabía que estarían atentos a nuestros movimientos.
Pueblo chico, infierno grande.
Los minutos dieron paso a las horas y me pareció que Edward se había dormido, ya había anochecido y comencé a ponerme nerviosa, deberíamos estar en casa hacía horas.
—¿Edward? —susurré despacio, inclinándome ligeramente sobre él, sin llegar a tocarlo, aprovechando que mi hermana había ido al baño, para despertarlo—. Edward —llamé otra vez al ver que no respondía, toqué su hombro despacio, sin embargo no tuve éxito, bufé frustrada y lo sacudí aún más fuerte.
Se levantó de golpe quedando sentado en el sofá, me petrifiqué en cuanto noté su rostro tan cerca que sólo podía ver sus ojos, y algo envolvió mi cuerpo por completo, no físicamente, pero me sentí abrazada, fuerte, sus ojos parecían tan profundos y por un momento creí ver hasta su último pensamiento, hasta su último anhelo, y hasta el último sentimiento oculto en su corazón. Fui consciente de los matices verdes en sus pupilas, como si de un mapa hacia algún lugar se tratase.
Parecía completamente confundido, pero no se alejó, y su expresión se fue suavizando poco a poco, hasta que pareció verme por primera vez.
—Hola… —susurré con voz ahogada, sin querer.
Pestañeó un par de veces y se alejó de mí , sacudió su cabeza y la sostuvo entre sus manos como si le doliese demasiado.
—¿Qué…?
Su pregunta quedó en el aire pero respondí a lo que posiblemente se refería.
—Estabas bebiendo en el estacionamiento de la escuela, mi hermana y yo te trajimos aquí.
Hizo una mueca de desagrado sin mirarme y habló con voz rasposa.
—¿Por qué?
—Estabas borracho —respondí sinceramente.
—¿Y qué? —inquirió a la defensiva, levantando la cabeza para mirarme mal.
—Sólo quisimos ayudarte —respondí frunciendo el ceño, molesta por su actitud agresiva hacia mí.
Bufó, esquivando mi mirada y volvió a murmurar demasiado bajo como para oírlo.
Alguien pronunciando su nombre nos distrajo a ambos. El profesor Cullen caminaba hacia nosotros pareciendo realmente molesto.
—¡¿Me puedes decir qué rayos hay en tu cabeza? —preguntó en cuanto llegó junto a nosotros.
Edward giró la cabeza para mirar a su hermano y luego en un fluido movimiento se levantó quedando casi de su altura, sacudió su cabeza y caminó hacía la salida, sin dedicarme siquiera una mirada.
El profesor Cullen apretó los puños y la mandíbula, pareciendo completamente furioso, me sentí totalmente intimidada, asustada, el profesor Cullen era enorme, y con aquella actitud me provocaba escalofríos, bajé la mirada y apreté los labios reprendiéndome mentalmente por ser tan cobarde.
Oí una maldición, y pasos fuertes alejándose. En cuanto levanté la cabeza las campanillas de la puerta de entrada ya tintineaban haciéndome saber que alguien acababa de salir.
Solté de pronto todo el aire que había estado atorado en mi garganta y me permití a mí misma relajarme.
—¿Y Edward? —Oí la suave voz de mi hermana demasiado cerca y noté que estaba de pie junto a mí.
Me tomó un par de segundos salir de mi aturdimiento.
—Se fue —respondí simplemente, poniéndome de pie y calzándome mi abrigo.
—¿Se fue? ¿Solo? —preguntó, tomando su abrigo e imitando mis acciones.
Negué tratando de no darle importancia y al ver la cara interrogante de mi hermana agregué.
—El profesor Cullen vino por él.
Su ceño se frunció en confusión, probablemente preguntándose lo mismo que yo.
¿Cómo se habría enterado él dónde estaba Edward?
Sin embargo aquel pensamiento no duró demasiado cuando recordé cómo habíamos llegado, y que era un hecho que deberíamos caminar a casa.
El camino fue largo, frío y oscuro, sin embargo no fue tan desagradable como esperaba, pensé en Edward y en cómo me hacía sentir, era extraño, y a veces agradable, aunque asustaba.
Esa noche dormí especialmente bien, al parecer Earl había pasado la noche fuera, o se habría encerrado en su cuarto a drogarse hasta quedar inconciente.
Nada que me importase demasiado.
La escuela fue más de lo mismo, y la garganta se me cerraba cada vez que algo me recordaba a Alice o Jasper, y eso era bastante seguido.
Caminar sola por los pasillos del edificio, estar en cada clase igualmente sola, no hacía más que aumentar las emociones negativas que solían apoderarse de mí, mi mente era un desagradable nido de ideas fatalistas y pensamientos destructivos. Las cosas no pintaban demasiado bien para mí.
Pero seguía respirando, viviendo, y debía hacerlo bien si aspiraba a conseguir algo mejor, ya no por mí, sino por Jessica. En clase de matemáticas mi ánimo decayó aún más, había tenido sólo dos clases y ya estaba absolutamente perdida entre números y letras.
Decidí que no iba a darme por vencida, si permitía que una simple clase de matemáticas me desanimara, las cosas iban a ser bastante deprimentes ese año. Así que aproveché el almuerzo para revisar mis notas de matemáticas, seguía sin entender muy bien a pesar de haber puesto toda mi atención en el maestro durante la clase y empezaba a frustrarme. Me acomodé en la mesa más alejada de la cafetería y me concentré en los números, sin demasiado éxito.
Un par de minutos después mientras luchaba contra una horrible ecuación, sentí cómo alguien arrancaba el lápiz de mi mano con suavidad y tachaba unos números, acomodando otros, resolviendo la ecuación. Giré mi cabeza y vi que era Edward, estaba detrás de mí, inclinado sobre la mesa mirando mi cuaderno.
—Estás haciéndolo mal —me informó, aún sin mirarme.
Mordí mi labio inferior sin saber muy bien cómo responder, Edward era extraño, completamente impredecible y no estaba segura si eso me gustaba o asustaba.
—¿Y cómo se hace? —murmuré impulsivamente.
Al fin desclavó su mirada del cuaderno y me miró un segundo antes de sentarse junto a mí y volver a mirar los números.
—Es sencillo —comenzó explicándome cada paso y corrigiendo mis errores.
Y en realidad lo era, no me fue difícil seguir lo que decía y pronto entendí todo. Cuando bajó el lápiz y clavó sus ojos en mí, no pude hacer más que sonreírle tímidamente.
—Entonces, ¿está claro? —preguntó al ver que no decía nada.
—Sí, sí, muchas gracias —respondí atropelladamente, él asintió con un intento de sonrisa.
—Amm… —musitó, luego de un par de segundos de silencio, frunciendo el ceño—, siento lo de ayer.
Volví a morder mi labio nerviosa y sacudí la cabeza negativamente.
—Está bien.
—No, no lo esta —soltó él, junto a un suspiro, giró su cuerpo hacía mí y pasó una mano por su cabello—. No es la primera vez que soy desagradable contigo, cuando es obvio que no tienes la culpa.
—Bueno, al menos te disculpas —respondí, bajando la mirada a mis manos en mi regazo, donde jugaban la una con la otra nerviosas—. La gente por aquí suele ser desagradable y parece orgullosa de ello.
—Tienes razón —concedió esta vez logrando una pequeña sonrisa.
La campana anunciando el término del almuerzo sonó estridente por todo el lugar, él se levantó primero, recogió mis cuadernos y libros de la mesa.
Lo seguí en seguida e intenté tomar mis cosas de sus manos, pero él negó.
—Tenemos la misma clase ahora ¿no? —preguntó, mientras comenzaba a caminar para salir de la cafetería.
Asentí comenzando a caminar junto a él.
—¿No sientes raro que tu hermano te dé clases? —pregunté cuando el silencio comenzaba a tornarse incomodo.
Se encogió de hombros sin mirarme.
Otros largos segundos en silencio.
—Y… ¿Te gusta Forks? —insistí en distender el ambiente.
—No —Negó con firmeza.
—¿Por qué no? —continué, sin saber muy bien por qué no cerraba la boca de una vez.
—¿Siempre hablas tanto? —bufó exasperado, con una mueca de fastidio y desagrado.
Fruncí el ceño en el acto ante su tono hiriente.
—No hagas esto —solté, deteniéndome en medio del pasillo, Edward se detuvo también y se giró para mirarme.
—¿Qué? —preguntó confundido frunciendo el ceño—. ¿Llevar tus cosas?
—No —negué con la cabeza, para dar énfasis a mis palabras—. Hablar conmigo por compromiso —aclaré, su ceño se frunció, incluso más, así que me vi obligada a explicarme—. No voy a decir nada de lo que pasó ayer, y tampoco me debes nada por haberte ayudado.
Abrió y cerró la boca varias veces sin decir nada, hasta que pareció rendirse y me extendió mis cosas.
—Como quieras —masculló enojado, en cuanto tomé todas mis cosas, se dio la vuelta y se alejó.
Solté un suspiro triste al verlo entrar al salón, era lo mejor, yo lo sabía, Edward era un buen chico a pesar de lo que pareciese, y no quería que se sintiese obligado a ser amable conmigo, su actitud incómoda y aspecto de desagrado gritaba que preferiría estar amarrado a las vías del tren.
Lo seguí despacio y entré al salón justo antes de que el profesor Cullen lo hiciera y cerrará la puerta tras de si.
—Buenas tardes, chicos —saludó con una sonrisa amable, algunos saludos en respuesta se escucharon en todo el salón. Mientras caminaba hacia su mesa, dejó sobre el escritorio algunas carpetas y un par de libros que traía en los brazos; yo me sentía cada vez más nerviosa.
¿Me reconocería como la chica que estaba con su hermano el día anterior? ¿Estaría pensando hablar conmigo sobre ello?
Sus ojos se levantaron de los papeles y su mirada se clavó en mí, me tensé completamente, por un ridículo momento pensé que había leído mis pensamientos e iba a irme muy mal.
Sin embargo, su mirada se arrastró lejos de mí y terminó en Edward que era el único que estaba solo en una mesa, además de mí.
—Cullen —llamó endureciendo el gesto—, cámbiate de lugar —ordenó apuntando el lugar vacío a mi lado con una cabeceadita.
—No, gracias —respondió Edward, sin levantar la mirada, esbozando una sonrisa arrogante, su voz grave y sedosa atravesó el salón hasta llegar burlona a su hermano.
El profesor Cullen se irguió en su lugar y enarcó una ceja desafiante.
— Ahora —exigió, con tal autoridad que todos enmudecieron en el acto, no quedó nada de su aspecto amistoso y despreocupado, todos estábamos alerta, excepto Edward, que seguía garabateando en su cuaderno, con una insolente sonrisa arrogante en sus labios.
Y a pesar del tono autoritario y exigente que usó, Edward no se movió.
Apretando la mandíbula, el profesor Cullen rodeó su escritorio y caminó con decisión hasta quedar junto a Edward, donde se inclinó para hablar lo suficientemente bajo para que fuese una conversación privada.
Todos, conscientes del parentesco, estaban que estallaban de emoción y tensión por el chisme de la discusión, todos comentaban en susurros mal disimulados y otros trataban de oír qué decía con tanta fiereza el profesor Cullen.
Pero yo sólo podía clavar mis ojos en la forzada mueca de Edward, sus labios se habían convertido en una fina línea, mientras sus ojos estaban entrecerrados. No había articulado ni una palabra, ni había levantado la mirada, mientras el profesor Cullen estaba cada vez más furioso, sin detenerse siquiera a respirar.
Hasta que, de golpe, Edward se levantó de la silla, produciendo un desagradable sonido metálico, todos se callaron una vez más y pusieron toda su atención a los Cullen. Edward clavó sus ojos en su hermano, una mirada tan fría, tan helada, tan furioso, cargada de tanto odio, que las facciones del profesor Cullen tuvieron que cambiar para mostrar que aquello no lo dejaba indiferente.
Con un bufido, Edward desclavó su mirada de su hermano, un bufido exasperado, molesto, resentido.
Tomó sus cosas y lo esquivó como lo había hecho en la cafetería la tarde anterior, como si de la nada, ese enorme hombre desapareciera.
Estaba tan aturdida que sólo cuando él se dejó caer en la silla junto a mí, recordé que esa había sido la indicación.
Mordí mi labio centrando mi atención en mi cuaderno abierto frente a mí, negándome a mirarlo a él o a su hermano, temiendo sentir más de aquella aplastante y brutal hostilidad.
El silencio se extendió algunos minutos eternos, interrumpidos sólo por los pasos del señor Cullen y su silla cuando la arrastro para sentarse, supongo.
—Está bien, clase, hagamos algo de provecho —habló de pronto el señor Cullen, haciéndome levantar la mirada sorprendida ante su tono jovial y desenfadado, su rostro estaba tranquilo y una perezosa sonrisa brillaba en sus labios—. Todos están en parejas en sus lugares, van a tener una tarea muy importante el resto de la clase —continuó, pasando su mirada por todas partes, pero sin mirar a nadie en particular—. ¡Relaciones humanas! —exclamó con voz divertida como si se tratase de un juego.
Todos los alumnos comenzaron a mirarse unos a otros y murmurar confundidos, mientras me limité a fruncir el ceño. Una chica en la primera fila que no alcanzaba a distinguir levantó la mano titubeante.
—Si, señorita…
—Mallory, Lauren Mallory —se presentó al ver que el profesor no recordaba su nombre.
—Señorita Mallory —terminó él en tono de disculpa.
—No entiendo a qué se refiere con que haremos "relaciones humanas" el resto de la clase —explicó ella con simpleza.
—¡Muy simple! Conozcan a su compañero de lugar, hagan que les confiesen sus sucios secretos y luego cuéntenle los propios. —Seguía hablando como si fuese un juego muy divertido—. Y háganlo bien, chicos, porque será fundamental para nuestro proyecto de este año.
Escuché risas nerviosas, bromas, jugueteos, y vi cómo alegremente todos ponían manos a la obra parloteando con su compañero de lugar, estando muy lejos de sentirme así de animada.
—Bien —dijo Edward llamando mi atención, justo cuando lanzaba su lápiz al aire y lo volvía a capturar con naturalidad—. ¿Cuántos muertos hay en tu armario? Porque yo ya perdí la cuenta de los míos.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo III.
Relaciones humanas.
…......
—¿Dónde vamos? —pregunté dudosa, tratando de mantener el control del auto, mientras salía del estacionamiento.
—A la cafetería de los Webber —opinó Jess, quitándole la botella de la mano a Edward que se había dormido—. Esto es asqueroso —se quejó refiriéndose a la botella que lanzó por la ventana.
—OK, a la cafetería de los Webber —repetí nerviosa, sintiéndome completamente rígida y también sintiendo cómo mis manos comenzaron a sudar.
Y trataba de concentrarme en no estampar el costoso auto de Edward contra algún árbol.
…
—¿Te sientes mejor? —pregunté molesta, mirando a Edward que estaba frente a mí desparramado sobre un sofá, con un brazo sobre los ojos.
Torció los labios en disgusto al oír mi tono desagradable y descubrió uno de sus ojos para mirarme un momento antes de murmurar algo que no oí pero probablemente no serían halagos.
Estábamos en la cafetería de los Webber ya hacía unas horas, Edward se había desplomado sobre uno de los sofás al fondo del lugar y no se había movido de ahí.
Seguía agradecida porque no hubiese vomitado.
Él ya había bebido algunos cafés y Jessica lo había obligado a comer unos panecillos, ya no parecía a punto de perder la conciencia, sino más bien, parecía que lo acabaran de sacar de una licuadora.
—Me parece enfermo —susurró mi hermana sentada junto a él, mirándolo mortificada.
Me mordí la lengua para no decir lo que estaba pensando, una costumbre adquirida con el paso de los años, pero definitivamente ,a mí, también me parecía enfermo; me acerqué despacio, intentando que no lo notase y me senté a su derecha, miré a Jessica que seguía a su izquierda, y luego paseé mi mirada por la cafetería de los Webber: nadie parecía estar observándonos especialmente, pero yo sabía que estarían atentos a nuestros movimientos.
Pueblo chico, infierno grande.
Los minutos dieron paso a las horas y me pareció que Edward se había dormido, ya había anochecido y comencé a ponerme nerviosa, deberíamos estar en casa hacía horas.
—¿Edward? —susurré despacio, inclinándome ligeramente sobre él, sin llegar a tocarlo, aprovechando que mi hermana había ido al baño, para despertarlo—. Edward —llamé otra vez al ver que no respondía, toqué su hombro despacio, sin embargo no tuve éxito, bufé frustrada y lo sacudí aún más fuerte.
Se levantó de golpe quedando sentado en el sofá, me petrifiqué en cuanto noté su rostro tan cerca que sólo podía ver sus ojos, y algo envolvió mi cuerpo por completo, no físicamente, pero me sentí abrazada, fuerte, sus ojos parecían tan profundos y por un momento creí ver hasta su último pensamiento, hasta su último anhelo, y hasta el último sentimiento oculto en su corazón. Fui consciente de los matices verdes en sus pupilas, como si de un mapa hacia algún lugar se tratase.
Parecía completamente confundido, pero no se alejó, y su expresión se fue suavizando poco a poco, hasta que pareció verme por primera vez.
—Hola… —susurré con voz ahogada, sin querer.
Pestañeó un par de veces y se alejó de mí , sacudió su cabeza y la sostuvo entre sus manos como si le doliese demasiado.
—¿Qué…?
Su pregunta quedó en el aire pero respondí a lo que posiblemente se refería.
—Estabas bebiendo en el estacionamiento de la escuela, mi hermana y yo te trajimos aquí.
Hizo una mueca de desagrado sin mirarme y habló con voz rasposa.
—¿Por qué?
—Estabas borracho —respondí sinceramente.
—¿Y qué? —inquirió a la defensiva, levantando la cabeza para mirarme mal.
—Sólo quisimos ayudarte —respondí frunciendo el ceño, molesta por su actitud agresiva hacia mí.
Bufó, esquivando mi mirada y volvió a murmurar demasiado bajo como para oírlo.
Alguien pronunciando su nombre nos distrajo a ambos. El profesor Cullen caminaba hacia nosotros pareciendo realmente molesto.
—¡¿Me puedes decir qué rayos hay en tu cabeza? —preguntó en cuanto llegó junto a nosotros.
Edward giró la cabeza para mirar a su hermano y luego en un fluido movimiento se levantó quedando casi de su altura, sacudió su cabeza y caminó hacía la salida, sin dedicarme siquiera una mirada.
El profesor Cullen apretó los puños y la mandíbula, pareciendo completamente furioso, me sentí totalmente intimidada, asustada, el profesor Cullen era enorme, y con aquella actitud me provocaba escalofríos, bajé la mirada y apreté los labios reprendiéndome mentalmente por ser tan cobarde.
Oí una maldición, y pasos fuertes alejándose. En cuanto levanté la cabeza las campanillas de la puerta de entrada ya tintineaban haciéndome saber que alguien acababa de salir.
Solté de pronto todo el aire que había estado atorado en mi garganta y me permití a mí misma relajarme.
—¿Y Edward? —Oí la suave voz de mi hermana demasiado cerca y noté que estaba de pie junto a mí.
Me tomó un par de segundos salir de mi aturdimiento.
—Se fue —respondí simplemente, poniéndome de pie y calzándome mi abrigo.
—¿Se fue? ¿Solo? —preguntó, tomando su abrigo e imitando mis acciones.
Negué tratando de no darle importancia y al ver la cara interrogante de mi hermana agregué.
—El profesor Cullen vino por él.
Su ceño se frunció en confusión, probablemente preguntándose lo mismo que yo.
¿Cómo se habría enterado él dónde estaba Edward?
Sin embargo aquel pensamiento no duró demasiado cuando recordé cómo habíamos llegado, y que era un hecho que deberíamos caminar a casa.
El camino fue largo, frío y oscuro, sin embargo no fue tan desagradable como esperaba, pensé en Edward y en cómo me hacía sentir, era extraño, y a veces agradable, aunque asustaba.
Esa noche dormí especialmente bien, al parecer Earl había pasado la noche fuera, o se habría encerrado en su cuarto a drogarse hasta quedar inconciente.
Nada que me importase demasiado.
La escuela fue más de lo mismo, y la garganta se me cerraba cada vez que algo me recordaba a Alice o Jasper, y eso era bastante seguido.
Caminar sola por los pasillos del edificio, estar en cada clase igualmente sola, no hacía más que aumentar las emociones negativas que solían apoderarse de mí, mi mente era un desagradable nido de ideas fatalistas y pensamientos destructivos. Las cosas no pintaban demasiado bien para mí.
Pero seguía respirando, viviendo, y debía hacerlo bien si aspiraba a conseguir algo mejor, ya no por mí, sino por Jessica. En clase de matemáticas mi ánimo decayó aún más, había tenido sólo dos clases y ya estaba absolutamente perdida entre números y letras.
Decidí que no iba a darme por vencida, si permitía que una simple clase de matemáticas me desanimara, las cosas iban a ser bastante deprimentes ese año. Así que aproveché el almuerzo para revisar mis notas de matemáticas, seguía sin entender muy bien a pesar de haber puesto toda mi atención en el maestro durante la clase y empezaba a frustrarme. Me acomodé en la mesa más alejada de la cafetería y me concentré en los números, sin demasiado éxito.
Un par de minutos después mientras luchaba contra una horrible ecuación, sentí cómo alguien arrancaba el lápiz de mi mano con suavidad y tachaba unos números, acomodando otros, resolviendo la ecuación. Giré mi cabeza y vi que era Edward, estaba detrás de mí, inclinado sobre la mesa mirando mi cuaderno.
—Estás haciéndolo mal —me informó, aún sin mirarme.
Mordí mi labio inferior sin saber muy bien cómo responder, Edward era extraño, completamente impredecible y no estaba segura si eso me gustaba o asustaba.
—¿Y cómo se hace? —murmuré impulsivamente.
Al fin desclavó su mirada del cuaderno y me miró un segundo antes de sentarse junto a mí y volver a mirar los números.
—Es sencillo —comenzó explicándome cada paso y corrigiendo mis errores.
Y en realidad lo era, no me fue difícil seguir lo que decía y pronto entendí todo. Cuando bajó el lápiz y clavó sus ojos en mí, no pude hacer más que sonreírle tímidamente.
—Entonces, ¿está claro? —preguntó al ver que no decía nada.
—Sí, sí, muchas gracias —respondí atropelladamente, él asintió con un intento de sonrisa.
—Amm… —musitó, luego de un par de segundos de silencio, frunciendo el ceño—, siento lo de ayer.
Volví a morder mi labio nerviosa y sacudí la cabeza negativamente.
—Está bien.
—No, no lo esta —soltó él, junto a un suspiro, giró su cuerpo hacía mí y pasó una mano por su cabello—. No es la primera vez que soy desagradable contigo, cuando es obvio que no tienes la culpa.
—Bueno, al menos te disculpas —respondí, bajando la mirada a mis manos en mi regazo, donde jugaban la una con la otra nerviosas—. La gente por aquí suele ser desagradable y parece orgullosa de ello.
—Tienes razón —concedió esta vez logrando una pequeña sonrisa.
La campana anunciando el término del almuerzo sonó estridente por todo el lugar, él se levantó primero, recogió mis cuadernos y libros de la mesa.
Lo seguí en seguida e intenté tomar mis cosas de sus manos, pero él negó.
—Tenemos la misma clase ahora ¿no? —preguntó, mientras comenzaba a caminar para salir de la cafetería.
Asentí comenzando a caminar junto a él.
—¿No sientes raro que tu hermano te dé clases? —pregunté cuando el silencio comenzaba a tornarse incomodo.
Se encogió de hombros sin mirarme.
Otros largos segundos en silencio.
—Y… ¿Te gusta Forks? —insistí en distender el ambiente.
—No —Negó con firmeza.
—¿Por qué no? —continué, sin saber muy bien por qué no cerraba la boca de una vez.
—¿Siempre hablas tanto? —bufó exasperado, con una mueca de fastidio y desagrado.
Fruncí el ceño en el acto ante su tono hiriente.
—No hagas esto —solté, deteniéndome en medio del pasillo, Edward se detuvo también y se giró para mirarme.
—¿Qué? —preguntó confundido frunciendo el ceño—. ¿Llevar tus cosas?
—No —negué con la cabeza, para dar énfasis a mis palabras—. Hablar conmigo por compromiso —aclaré, su ceño se frunció, incluso más, así que me vi obligada a explicarme—. No voy a decir nada de lo que pasó ayer, y tampoco me debes nada por haberte ayudado.
Abrió y cerró la boca varias veces sin decir nada, hasta que pareció rendirse y me extendió mis cosas.
—Como quieras —masculló enojado, en cuanto tomé todas mis cosas, se dio la vuelta y se alejó.
Solté un suspiro triste al verlo entrar al salón, era lo mejor, yo lo sabía, Edward era un buen chico a pesar de lo que pareciese, y no quería que se sintiese obligado a ser amable conmigo, su actitud incómoda y aspecto de desagrado gritaba que preferiría estar amarrado a las vías del tren.
Lo seguí despacio y entré al salón justo antes de que el profesor Cullen lo hiciera y cerrará la puerta tras de si.
—Buenas tardes, chicos —saludó con una sonrisa amable, algunos saludos en respuesta se escucharon en todo el salón. Mientras caminaba hacia su mesa, dejó sobre el escritorio algunas carpetas y un par de libros que traía en los brazos; yo me sentía cada vez más nerviosa.
¿Me reconocería como la chica que estaba con su hermano el día anterior? ¿Estaría pensando hablar conmigo sobre ello?
Sus ojos se levantaron de los papeles y su mirada se clavó en mí, me tensé completamente, por un ridículo momento pensé que había leído mis pensamientos e iba a irme muy mal.
Sin embargo, su mirada se arrastró lejos de mí y terminó en Edward que era el único que estaba solo en una mesa, además de mí.
—Cullen —llamó endureciendo el gesto—, cámbiate de lugar —ordenó apuntando el lugar vacío a mi lado con una cabeceadita.
—No, gracias —respondió Edward, sin levantar la mirada, esbozando una sonrisa arrogante, su voz grave y sedosa atravesó el salón hasta llegar burlona a su hermano.
El profesor Cullen se irguió en su lugar y enarcó una ceja desafiante.
— Ahora —exigió, con tal autoridad que todos enmudecieron en el acto, no quedó nada de su aspecto amistoso y despreocupado, todos estábamos alerta, excepto Edward, que seguía garabateando en su cuaderno, con una insolente sonrisa arrogante en sus labios.
Y a pesar del tono autoritario y exigente que usó, Edward no se movió.
Apretando la mandíbula, el profesor Cullen rodeó su escritorio y caminó con decisión hasta quedar junto a Edward, donde se inclinó para hablar lo suficientemente bajo para que fuese una conversación privada.
Todos, conscientes del parentesco, estaban que estallaban de emoción y tensión por el chisme de la discusión, todos comentaban en susurros mal disimulados y otros trataban de oír qué decía con tanta fiereza el profesor Cullen.
Pero yo sólo podía clavar mis ojos en la forzada mueca de Edward, sus labios se habían convertido en una fina línea, mientras sus ojos estaban entrecerrados. No había articulado ni una palabra, ni había levantado la mirada, mientras el profesor Cullen estaba cada vez más furioso, sin detenerse siquiera a respirar.
Hasta que, de golpe, Edward se levantó de la silla, produciendo un desagradable sonido metálico, todos se callaron una vez más y pusieron toda su atención a los Cullen. Edward clavó sus ojos en su hermano, una mirada tan fría, tan helada, tan furioso, cargada de tanto odio, que las facciones del profesor Cullen tuvieron que cambiar para mostrar que aquello no lo dejaba indiferente.
Con un bufido, Edward desclavó su mirada de su hermano, un bufido exasperado, molesto, resentido.
Tomó sus cosas y lo esquivó como lo había hecho en la cafetería la tarde anterior, como si de la nada, ese enorme hombre desapareciera.
Estaba tan aturdida que sólo cuando él se dejó caer en la silla junto a mí, recordé que esa había sido la indicación.
Mordí mi labio centrando mi atención en mi cuaderno abierto frente a mí, negándome a mirarlo a él o a su hermano, temiendo sentir más de aquella aplastante y brutal hostilidad.
El silencio se extendió algunos minutos eternos, interrumpidos sólo por los pasos del señor Cullen y su silla cuando la arrastro para sentarse, supongo.
—Está bien, clase, hagamos algo de provecho —habló de pronto el señor Cullen, haciéndome levantar la mirada sorprendida ante su tono jovial y desenfadado, su rostro estaba tranquilo y una perezosa sonrisa brillaba en sus labios—. Todos están en parejas en sus lugares, van a tener una tarea muy importante el resto de la clase —continuó, pasando su mirada por todas partes, pero sin mirar a nadie en particular—. ¡Relaciones humanas! —exclamó con voz divertida como si se tratase de un juego.
Todos los alumnos comenzaron a mirarse unos a otros y murmurar confundidos, mientras me limité a fruncir el ceño. Una chica en la primera fila que no alcanzaba a distinguir levantó la mano titubeante.
—Si, señorita…
—Mallory, Lauren Mallory —se presentó al ver que el profesor no recordaba su nombre.
—Señorita Mallory —terminó él en tono de disculpa.
—No entiendo a qué se refiere con que haremos "relaciones humanas" el resto de la clase —explicó ella con simpleza.
—¡Muy simple! Conozcan a su compañero de lugar, hagan que les confiesen sus sucios secretos y luego cuéntenle los propios. —Seguía hablando como si fuese un juego muy divertido—. Y háganlo bien, chicos, porque será fundamental para nuestro proyecto de este año.
Escuché risas nerviosas, bromas, jugueteos, y vi cómo alegremente todos ponían manos a la obra parloteando con su compañero de lugar, estando muy lejos de sentirme así de animada.
—Bien —dijo Edward llamando mi atención, justo cuando lanzaba su lápiz al aire y lo volvía a capturar con naturalidad—. ¿Cuántos muertos hay en tu armario? Porque yo ya perdí la cuenta de los míos.
Sueño de Amor - Chapter 2
Summary: Una vida marcada por el abuso y la violencia, un baúl lleno de sueños y el descubrimiento de lo bello que es vivir de la manera menos esperada... Los sueños, aveces se hacen realidad.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo II.
Adiós.
…......
—Soy Bella —Dije de pronto, sorprendiéndome incluso a mi misma— Bella Swan —Susurré luego de manera tímida, sintiéndome avergonzada.
—Edward Cullen —Se presentó él, sin ninguna emoción.
Esta vez fue mi turno de asentir.
Se alejó entonces con un gesto de despedida, me quedé mirando su espalda algunos segundos hasta que oí la curiosa voz de mi hermana
—¿Quién era?
—Edward Cullen —Respondí, sin poder desclavar mi mirada aún de su cuerpo ya bastante lejos.
…......
—Esto es demasiado Alice —Murmuré discretamente sólo para ella viendo la cargada decoración infantil y el enorme pastel para cincuenta personas.
—No es tu cumpleaños Bella, no tienes derecho a quejarte —Se burló ella entretenida acomodando unas flores, mientras yo la seguía incomoda.
Miré a mi hermana, sentada en el enorme sofá de los Whitlock sonriendo tan incomoda como yo, rodeada de niños.
—Sí, Jessica esta muy feliz con toda esa atención —Observé sarcástica.
—Lo estaría si fuera normal —Replicó Alice soltando una risita— Ustedes dos están mal programadas.
Sonreí como reflejo, claro aquello parecía un insulto, pero yo conocía bien a mi amiga y sabía que no había malicia en sus palabras.
—O quizá sean ustedes los que transmiten en otra frecuencia —Propuse volviendo a seguirla mientras ella caminaba hacía la cocina.
—Eso es absurdo —Discutió haciendo un exagerado gesto de exasperación— Somos mayoría, y mayoría gana.
—Claro que no, cantidad no es calidad —Insistí apoyándome en la encimera, mientras ella buscaba algo en los cajones— Son un grupo de defectuosos, un gran grupo, pero defectuosos al fin.
—Ah, sí, que conveniente teoría —Ironizó sin poder ocultar su sonrisa.
El cumpleaños de mi hermana fue exactamente como se esperaría, al final del día, cuando Jessica estaba sentada sobre la cama en el cuarto de invitados de los Whitlock, su sonrisa me hizo saber que a pesar de parecer incomoda, había sido un lindo día para ella.
La vida siguió como siempre, el año terminó y mi humor decayó, como cada vez que algún baile escolar estaba cerca, yo no bailaba, por supuesto, pero mentiría si negara que más de una vez hubiera fantaseado con aquello. Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos, mientras me concentraba en los ejercicios de matemática que no entendía, mi mirada chocó con unos ojos curiosos. Edward estaba mirándome desde su lugar dos filas más adelante, mis nervios se dispararon al darme cuenta de ello, su cuerpo estaba levemente girado para mirar hacía atrás y sus ojos estaban clavados en los míos, era imposible que fuese por casualidad.
Sacudió su cabeza y se giró nuevamente para darme la espalda.
Una sonrisa triste apareció en mis labios, mientras pensaba que sería lindo que él quisiese llevarme al baile, aunque obviamente eso no pasaría.
Más tarde ese día, al terminar las clases, Jasper, Alice, Jessica y yo fuimos a la cafetería de los Webber, era una agradable rutina que adoptamos prácticamente desde que nos conocimos, ahí hacíamos la tarea y charlamos mientras tomamos algo caliente para capiar el eterno frío de Forks.
—Hey, Jess, ¿Por qué no vas a jugar con los gemelos? —Preguntó de pronto Jasper, tratando de parecer alegre, sin embargo, desde un par de días antes, parecía nervioso y preocupado, igual que Alice.
—¿Puedo? —Me preguntó aunque ya se había levantado de la mesa.
—Claro —Respondí sonriendo como reflejo, al ver la suya. Vi a mi hermana llegar junto a los gemelos y como ellos la invitaban a sentarse, al parecer estaban dibujando o...
—¿Bella? —Volví mi atención a Alice en cuanto oí su voz.
—¿Qué pasa? —Pregunté al encontrarme con sus caras, esta vez ninguno intentaba ocultar que algo les preocupaba.
Vi como Jasper envolvía las manos de Alice con cariño y como ella parecía a punto de echarse a llorar.
—Estoy embarazada —Soltó rápidamente aturdiéndome.
—¿Qué? ¿Cómo? —Balbuceé a pesar de que las respuestas era bastante obvias— ¡Dios! ¿Ya les dijeron a sus padres?
Alice bajó la mirada y Jasper la abrazó enseguida— Sí —Respondió mi amigo apretando la mandíbula y endureciendo su mirada.
—¿Qué pasó? —Pregunté suavemente, sintiendo el pánico inundar cada célula de mi cuerpo— ¡Jasper! —Urgí al ver que no respondía.
—No reaccionaron muy bien —dijo finalmente— las cosas se han complicado demasiado, Bella
—¿A qué te refieres? —Insistí, de los ojos de Alice comenzaron a derramarse gruesas lágrimas, un gemido desesperado escapó de sus labios y ocultó su cabeza en el pecho de su novio.
—Nos vamos de Forks —Susurró Jasper, traspasándome con su mirada todo el dolor que aquello le causaba.
El silencio se extendió entre nosotros durante varios segundos donde mi mente trabajaba furiosamente para entender aquello, y lo que suponía aquel evento.
No pensé en ellos, ni en su futuro, o su bebé, sólo había un pensamiento en mi mente. Me quedaría sola, el único apoyo que había tenido durante años desaparecería y la asquerosa realidad terminaría de envolverme.
Cubrí mi rostro con mis manos e intenté respirar con normalidad pero parecía imposible, el aire se negaba a entrar en mí.
—Lo siento tanto, no lo haríamos si no fuese realmente necesario —Comenzó Jasper— sólo será un tiempo hasta que…
—¡¿Hasta que Earl me mate o a Jessica? —pensé en voz alta, siendo completamente insensible, sabía que aquello los heriría, pero en ese momento, la racionalidad me había abandonado.
—¡¿Por qué se tienen que ir? —Inquirí saliendo del escondite, detrás de mis manos— ¡¿Sus padres son demasiado buenos para ustedes?
Y es que no lo comprendía, sus padres eran maravillosos, siempre habían sido excesivamente amables, compresivos y generosos, al menos con mi hermana y conmigo.
—No lo entiendes —Susurró Alice, con voz ahogada por el llanto.
—Explícamelo entonces —Pedí con la vista borrosa por el llanto contenido.
—¡Quieren quitarme a mi bebé! —Soltó de golpe cerrando los ojos como si aquellas palabras quemaran su garganta, y probablemente lo hacían.
Otra avalancha de emociones y sentimientos me aplastaron, aturdiéndome, confundiéndome. Aquellas palabras no tenían ningún sentido en mi mente, los Whitlock, la señora Brandon, ellos no podrían…
—Imposible…—Murmuré aturdida, pestañeando incrédula.
—Piensan que no estamos preparados para esto, que es lo mejor —Explicó Jasper, tratando de controlar su temperamento.
—¿Lo mejor para quién? —Pregunté sin terminar de creerlo— ¡Eso es absurdo, completamente fuera de lugar!
El llanto de Alice aumento, sus mejillas bañadas en lágrimas y su cuerpo convulsionándose por los sollozos desesperados, sus manos aferradas a la camisa de Jasper como si su vida dependiera de ello, había algo en su sufrimiento, algo en su desesperación, estaba aterrada como nunca la había visto.
—No van a separarnos de él, Bella, no vamos a permitirlo —Aseguró mi amigo convencido de cada palabra.
—No pueden hacerlo —Insistí— Es su hijo, no pueden simplemente quitárselos.
—Somos menores de edad —Respondió él— pueden hacerlo —Terminó tiñéndose su voz de pura frustración.
Mordí mi labio inferior para aplacar el temblor del mismo, y alargué ambas manos a través de la mesa, intenté sonreír, de alguna manera, sentí que era mi turno de ser su apoyo, Jasper correspondió mi sonrisa, probablemente mi sonrisa se veía tan triste y acongojada como la suya.
—Van a ser los mejores padres —Murmuré sin poder aguantar ya mis lágrimas, Alice levantó la mirada, disminuyendo gradualmente la intensidad de su llanto.
—No quiero irme —Susurró ella con voz llorosa.
—¡Dios! ¡Ni yo que se vallan! —Gemí tomando su mano y la de Jasper— Pero no parece haber más alternativas ¿no?
Sus sollozos volvieron como si hubiese activado algún interruptor
Y el egoísmo desapareció, porque no había cabida para ello en un momento así.
—No es una despedida chicas, sólo una separación momentánea —Nos consoló Jasper, pero no había consuelo en ese momento, ellos se irían y yo no podía ni quería hacer nada para detenerlos, era lo que debía ocurrir, pero…
Mis ojos vagaron por el lugar hasta llegar a la figura de mi hermanita que parecía vivir en una burbuja irreal de felicidad.
Aquella noticia la destrozaría.
Y así fue, esa misma noche me la pasé en vela, consolándola, tratando de calmar su llanto, y mi corazón pareció desgarrarse un poco más al verla así.
Las cosas sólo empeoraron entonces, Alice y Jasper se fueron durante la noche, no había habido un escándalo tal desde hacía años, la gente en las calles no dejaba de especular sobre el paradero de mis amigos.
Los días venideros fueron un infierno, como era de esperarse pero nada como el jueves de la siguiente semana, el año escolar había terminado ya, y estaba en casa, limpiando el desastre que había dejado Earl la noche anterior, cuando el mismo entró en la cocina, con dos hombres de uniforme.
Policías.
—No sé nada —respondí obstinada, cuando insistieron una y otra vez en que dijese lo que sabía sobre la desaparición de Alice y Jasper— Y aunque supiera, tampoco se los diría —Finalicé alzando mi barbilla, de manera insolente.
Los ojos de Earl se encendieron entonces, y desde su lugar me lanzó una mirada de advertencia, a la que no hice caso, me negué a pronunciar palabra. Los hombres se despidieron y en cuanto él volvió a entrar supe lo que ocurriría, casi como una monótona y repetitiva canción con las mismas notas de siempre, con la misma atronadora letra infernal.
Mientras mi hermana veía aquel horrible concierto de dolor, oculta desde algún lugar.
Las vacaciones fueron seguramente las más tristes desde siempre, huyendo de Earl en el día y aguantando sus bacanales asquerosas por las noches, muchas veces mientra estaba en el pequeño cuarto que compartía con Jess, pensaba que lo mejor sería huir, haberme marchado con Alice y Jasper, y en mi mente todo es perfecto, nosotras lejos de el infierno frío que es Forks, con nuestros amigos, viendo crecer a un bebé en la pancita de Alice, sin embargo, por muy soñadora que yo fuese, medir la realidad se me daba bien, y sabía perfectamente que por el momento me era imposible marcharme.
O tal vez fue sólo cobardía, no lo sé, una adolescente asustada no piensa con claridad.
Los meses pasaron con tal lentitud que me parecieron años, para mí, cada cosa seguía donde había estado siempre, cada persona seguía igual, cada árbol, cada tronco, cada piedra… Tan verde. Nunca me había detenido a pensar en lo odioso y desagradable que me resultaba Forks, tan frío, desesperantemente pequeño, tan verde. Una prisión alienígena.
Una sonrisa bailó en mis labios frente a aquel absurdo pensamiento, mientras acomodaba la capucha de mi abrigo para salir a la calle.
—¡Jessica! —Grité al ver la hora en el reloj mural del recibidor— ¡se nos hace tarde!
—¡Ya voy! —Gritó de vuelta— Estaba dejándole agua y comida a Miko —se excusó rápidamente acomodando su bufanda— ¡Lista! —Canturreó con su habitual tono alegre, sonreí débilmente preguntándome que tan real era esa alegría que había visto durante años.
Jessica hablaba en sueños, y cada noche lloraba llamando a mamá y papá, rogando que volviesen que no nos dejaran y ahora se sumaban los nombres de Alice y Jasper a sus suplicas. Yo sabía que hoy estaba especialmente sensible sería nuestro primer día de clases del nuevo año escolar, y la primera vez que estaríamos sin nuestros amigos.
Y una horrible opresión me impidió respirar con normalidad mientras caminábamos por las grises calles de Forks. Me sentía demasiado vulnerable, en cuanto vislumbre los destartalos edificios juntos que servían como primaria y preparatoria, por un momento pensé que de la nada iban a aparecer mis amigos y reiríamos de algo sin sentido.
Pero eso no pasó, me despedí de Jess en su edificio y caminé lentamente hasta el mío, pensando en como habían cambiado las cosas en tan poco tiempo, la señora Brandon me odiaba por no decir nada sobre el paradero de su hija, y los Whitlock se habían marchado hacía unas semanas dejando una humareda de chismes detrás.
Llegué a mi casillero asignado, y guardé mi bolso, saqué los libros que necesitaba y busqué la lista con mis clases, cuando noté una hoja que no había visto antes entre mis cuadernos;
Bella
Decía en una de las caras de la hoja doblada, sonreí al notar la infantil decoración, y reconocer la caligrafía de mi hermana, la guardé junto a mis cosas y me fui a mis clases.
Todo fue perfectamente normal, entré a cada clase, las introducciones iguales a las de cada año, los mismos alumnos de siempre, los mismos maestros, excepto por una clase que no tuve el año anterior "ética y relaciones humanas" Con el señor Emmett Cullen. Parecía un buen tipo, algo que no se había visto antes entre los maestros, era joven, amable y atractivo.
E indudablemente tenía alguna relación con Edward Cullen, la misma imponente presencia, la misma aura de misterio y el mismo encanto natural. No tuve que preguntarlo, y obviamente no lo haría, pero antes de siquiera pensarlo Angela Webber lo había preguntado, con el rostro sonrojado y la voz pequeña.
La respuesta no sorprendió a nadie, era su hermano mayor, y por alguna razón me molestó que la siempre tímida Angela estuviese tan interesada en ello como yo.
El día terminó antes de lo que imaginé, iba de camino al edificio de Jess cuando lo vi.
Estaba sentado en el suelo junto a la puerta del copiloto de su auto, evidentemente borracho y con una botella, primero reí al ver como parecía discutir consigo mismo, pero luego recordé que seguíamos en la escuela y él tendría muchos problemas si lo descubrían así.
Muchos.
Me acerqué despacio, no muy segura de lo que estaba haciendo, ni si aquello era correcto, antes de llegar a cualquier conclusión ya estaba junto a él.
—¿Edward? —Llamé despacio, acuclillándome junto a él— Edward, ¿Estás bien? —Insistí al no obtener respuesta.
Sus ojos verdes se enfocaron en mí y su ceño se frunció enseguida.
—¿Qué quieres? —Preguntó groseramente, arrastrando las palabras como el digno borracho que era en ese momento.
—¿Ayudarte, quizá? —Solté sin querer más como una pregunta, ante su intimidante mirada.
—No necesito tu ayuda, lárgate —Exigió, tomando otro largo trago del líquido dorado de su botella.
Y el repulsivo aroma alcohol me enfureció— Idiota —Mascullé, poniéndome de pie, dispuesta a irme enseguida. Pero no contaba con que mi hermana nos había visto y corría en ese momento hacía nosotros.
—¿Qué le pasa? —preguntó llegando al fin.
—No lo sé, vámonos —respondí rápidamente tomando su brazo para alejarla de ahí.
—Pero, parece enfermo —Se quejó ella, soltándose de mi agarre y volviendo con él— ¿Estás bien? —Preguntó bajito claramente preocupada.
Edward volvió a levantar su cabeza con una mueca feroz, al parecer dispuesto a espantarla también, pero al ver la carita inocente y preocupada de mi hermana algo pareció cambiar, sonrió con tristeza y negó suavemente.
—¡No está bien, Bella! ¡Tenemos que llevarlo a un hospital —habló claramente exaltada.
—Para solucionar su problema no necesita un hospital, sino soltar esa botella —Informé agriamente.
Jessica me miró confundida y luego la botella que Edward tenía en su mano derecha, frunció el ceño al entenderlo. Justo en ese momento vi como el director junto a un par de alumnos se acercaban, no sé si se habría enterado que había un alumno borracho en el estacionamiento o si se trataba de algo más, pero de una cosa estaba segura, si lo llegaba a ver en ese estado, Edward tendría muchos problemas.
Muchos.
—¡Bella! —Llamó Jessica al ver que estaba perdida en mis pensamientos— ¡Ayúdame! —pidió, en cuanto giré mi cabeza la vi sentada en el asiento trasero del auto con Edward junto a ella y con su mano estirada hacía mí.
—¡¿Qué rayos haces Jessica? —Inquirí en un histérico susurro.
—No podemos dejarlo aquí, lo expulsaran —Explicó preocupada.
—No es asunto nuestro, baja ahora mismo —Exigí sin ninguna convicción sintiéndome flaquear.
—Bella… —Suplicó mi hermana con ojitos de cordero a medio morir, con un suspiro resignado tomé la llave que me extendía y subí al auto.
Nunca en mi vida había conducido algo así, parecía elegante y costoso, además del hecho de que era de Edward Cullen… Estaba sumamente nerviosa.
—¿Dónde vamos? —Pregunté dudosa, tratando de mantener el control del auto, mientras salía del estacionamiento.
—A la cafetería de los Webber —opinó Jess, quitándole la botella de la mano a Edward que se había dormido— esto es asqueroso —se quejó refiriéndose a la botella que lanzó por la ventana.
—OK, a la cafetería de los Webber —repetí nerviosa, sintiéndome completamente rígida y como mis manos comenzaron a sudar.
Y trataba de concentrarme en no estampar el costoso auto de Edward contra algún árbol.
Disclaimer: Los personajes de esta historia le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo II.
Adiós.
…......
—Soy Bella —Dije de pronto, sorprendiéndome incluso a mi misma— Bella Swan —Susurré luego de manera tímida, sintiéndome avergonzada.
—Edward Cullen —Se presentó él, sin ninguna emoción.
Esta vez fue mi turno de asentir.
Se alejó entonces con un gesto de despedida, me quedé mirando su espalda algunos segundos hasta que oí la curiosa voz de mi hermana
—¿Quién era?
—Edward Cullen —Respondí, sin poder desclavar mi mirada aún de su cuerpo ya bastante lejos.
…......
—Esto es demasiado Alice —Murmuré discretamente sólo para ella viendo la cargada decoración infantil y el enorme pastel para cincuenta personas.
—No es tu cumpleaños Bella, no tienes derecho a quejarte —Se burló ella entretenida acomodando unas flores, mientras yo la seguía incomoda.
Miré a mi hermana, sentada en el enorme sofá de los Whitlock sonriendo tan incomoda como yo, rodeada de niños.
—Sí, Jessica esta muy feliz con toda esa atención —Observé sarcástica.
—Lo estaría si fuera normal —Replicó Alice soltando una risita— Ustedes dos están mal programadas.
Sonreí como reflejo, claro aquello parecía un insulto, pero yo conocía bien a mi amiga y sabía que no había malicia en sus palabras.
—O quizá sean ustedes los que transmiten en otra frecuencia —Propuse volviendo a seguirla mientras ella caminaba hacía la cocina.
—Eso es absurdo —Discutió haciendo un exagerado gesto de exasperación— Somos mayoría, y mayoría gana.
—Claro que no, cantidad no es calidad —Insistí apoyándome en la encimera, mientras ella buscaba algo en los cajones— Son un grupo de defectuosos, un gran grupo, pero defectuosos al fin.
—Ah, sí, que conveniente teoría —Ironizó sin poder ocultar su sonrisa.
El cumpleaños de mi hermana fue exactamente como se esperaría, al final del día, cuando Jessica estaba sentada sobre la cama en el cuarto de invitados de los Whitlock, su sonrisa me hizo saber que a pesar de parecer incomoda, había sido un lindo día para ella.
La vida siguió como siempre, el año terminó y mi humor decayó, como cada vez que algún baile escolar estaba cerca, yo no bailaba, por supuesto, pero mentiría si negara que más de una vez hubiera fantaseado con aquello. Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos, mientras me concentraba en los ejercicios de matemática que no entendía, mi mirada chocó con unos ojos curiosos. Edward estaba mirándome desde su lugar dos filas más adelante, mis nervios se dispararon al darme cuenta de ello, su cuerpo estaba levemente girado para mirar hacía atrás y sus ojos estaban clavados en los míos, era imposible que fuese por casualidad.
Sacudió su cabeza y se giró nuevamente para darme la espalda.
Una sonrisa triste apareció en mis labios, mientras pensaba que sería lindo que él quisiese llevarme al baile, aunque obviamente eso no pasaría.
Más tarde ese día, al terminar las clases, Jasper, Alice, Jessica y yo fuimos a la cafetería de los Webber, era una agradable rutina que adoptamos prácticamente desde que nos conocimos, ahí hacíamos la tarea y charlamos mientras tomamos algo caliente para capiar el eterno frío de Forks.
—Hey, Jess, ¿Por qué no vas a jugar con los gemelos? —Preguntó de pronto Jasper, tratando de parecer alegre, sin embargo, desde un par de días antes, parecía nervioso y preocupado, igual que Alice.
—¿Puedo? —Me preguntó aunque ya se había levantado de la mesa.
—Claro —Respondí sonriendo como reflejo, al ver la suya. Vi a mi hermana llegar junto a los gemelos y como ellos la invitaban a sentarse, al parecer estaban dibujando o...
—¿Bella? —Volví mi atención a Alice en cuanto oí su voz.
—¿Qué pasa? —Pregunté al encontrarme con sus caras, esta vez ninguno intentaba ocultar que algo les preocupaba.
Vi como Jasper envolvía las manos de Alice con cariño y como ella parecía a punto de echarse a llorar.
—Estoy embarazada —Soltó rápidamente aturdiéndome.
—¿Qué? ¿Cómo? —Balbuceé a pesar de que las respuestas era bastante obvias— ¡Dios! ¿Ya les dijeron a sus padres?
Alice bajó la mirada y Jasper la abrazó enseguida— Sí —Respondió mi amigo apretando la mandíbula y endureciendo su mirada.
—¿Qué pasó? —Pregunté suavemente, sintiendo el pánico inundar cada célula de mi cuerpo— ¡Jasper! —Urgí al ver que no respondía.
—No reaccionaron muy bien —dijo finalmente— las cosas se han complicado demasiado, Bella
—¿A qué te refieres? —Insistí, de los ojos de Alice comenzaron a derramarse gruesas lágrimas, un gemido desesperado escapó de sus labios y ocultó su cabeza en el pecho de su novio.
—Nos vamos de Forks —Susurró Jasper, traspasándome con su mirada todo el dolor que aquello le causaba.
El silencio se extendió entre nosotros durante varios segundos donde mi mente trabajaba furiosamente para entender aquello, y lo que suponía aquel evento.
No pensé en ellos, ni en su futuro, o su bebé, sólo había un pensamiento en mi mente. Me quedaría sola, el único apoyo que había tenido durante años desaparecería y la asquerosa realidad terminaría de envolverme.
Cubrí mi rostro con mis manos e intenté respirar con normalidad pero parecía imposible, el aire se negaba a entrar en mí.
—Lo siento tanto, no lo haríamos si no fuese realmente necesario —Comenzó Jasper— sólo será un tiempo hasta que…
—¡¿Hasta que Earl me mate o a Jessica? —pensé en voz alta, siendo completamente insensible, sabía que aquello los heriría, pero en ese momento, la racionalidad me había abandonado.
—¡¿Por qué se tienen que ir? —Inquirí saliendo del escondite, detrás de mis manos— ¡¿Sus padres son demasiado buenos para ustedes?
Y es que no lo comprendía, sus padres eran maravillosos, siempre habían sido excesivamente amables, compresivos y generosos, al menos con mi hermana y conmigo.
—No lo entiendes —Susurró Alice, con voz ahogada por el llanto.
—Explícamelo entonces —Pedí con la vista borrosa por el llanto contenido.
—¡Quieren quitarme a mi bebé! —Soltó de golpe cerrando los ojos como si aquellas palabras quemaran su garganta, y probablemente lo hacían.
Otra avalancha de emociones y sentimientos me aplastaron, aturdiéndome, confundiéndome. Aquellas palabras no tenían ningún sentido en mi mente, los Whitlock, la señora Brandon, ellos no podrían…
—Imposible…—Murmuré aturdida, pestañeando incrédula.
—Piensan que no estamos preparados para esto, que es lo mejor —Explicó Jasper, tratando de controlar su temperamento.
—¿Lo mejor para quién? —Pregunté sin terminar de creerlo— ¡Eso es absurdo, completamente fuera de lugar!
El llanto de Alice aumento, sus mejillas bañadas en lágrimas y su cuerpo convulsionándose por los sollozos desesperados, sus manos aferradas a la camisa de Jasper como si su vida dependiera de ello, había algo en su sufrimiento, algo en su desesperación, estaba aterrada como nunca la había visto.
—No van a separarnos de él, Bella, no vamos a permitirlo —Aseguró mi amigo convencido de cada palabra.
—No pueden hacerlo —Insistí— Es su hijo, no pueden simplemente quitárselos.
—Somos menores de edad —Respondió él— pueden hacerlo —Terminó tiñéndose su voz de pura frustración.
Mordí mi labio inferior para aplacar el temblor del mismo, y alargué ambas manos a través de la mesa, intenté sonreír, de alguna manera, sentí que era mi turno de ser su apoyo, Jasper correspondió mi sonrisa, probablemente mi sonrisa se veía tan triste y acongojada como la suya.
—Van a ser los mejores padres —Murmuré sin poder aguantar ya mis lágrimas, Alice levantó la mirada, disminuyendo gradualmente la intensidad de su llanto.
—No quiero irme —Susurró ella con voz llorosa.
—¡Dios! ¡Ni yo que se vallan! —Gemí tomando su mano y la de Jasper— Pero no parece haber más alternativas ¿no?
Sus sollozos volvieron como si hubiese activado algún interruptor
Y el egoísmo desapareció, porque no había cabida para ello en un momento así.
—No es una despedida chicas, sólo una separación momentánea —Nos consoló Jasper, pero no había consuelo en ese momento, ellos se irían y yo no podía ni quería hacer nada para detenerlos, era lo que debía ocurrir, pero…
Mis ojos vagaron por el lugar hasta llegar a la figura de mi hermanita que parecía vivir en una burbuja irreal de felicidad.
Aquella noticia la destrozaría.
Y así fue, esa misma noche me la pasé en vela, consolándola, tratando de calmar su llanto, y mi corazón pareció desgarrarse un poco más al verla así.
Las cosas sólo empeoraron entonces, Alice y Jasper se fueron durante la noche, no había habido un escándalo tal desde hacía años, la gente en las calles no dejaba de especular sobre el paradero de mis amigos.
Los días venideros fueron un infierno, como era de esperarse pero nada como el jueves de la siguiente semana, el año escolar había terminado ya, y estaba en casa, limpiando el desastre que había dejado Earl la noche anterior, cuando el mismo entró en la cocina, con dos hombres de uniforme.
Policías.
—No sé nada —respondí obstinada, cuando insistieron una y otra vez en que dijese lo que sabía sobre la desaparición de Alice y Jasper— Y aunque supiera, tampoco se los diría —Finalicé alzando mi barbilla, de manera insolente.
Los ojos de Earl se encendieron entonces, y desde su lugar me lanzó una mirada de advertencia, a la que no hice caso, me negué a pronunciar palabra. Los hombres se despidieron y en cuanto él volvió a entrar supe lo que ocurriría, casi como una monótona y repetitiva canción con las mismas notas de siempre, con la misma atronadora letra infernal.
Mientras mi hermana veía aquel horrible concierto de dolor, oculta desde algún lugar.
Las vacaciones fueron seguramente las más tristes desde siempre, huyendo de Earl en el día y aguantando sus bacanales asquerosas por las noches, muchas veces mientra estaba en el pequeño cuarto que compartía con Jess, pensaba que lo mejor sería huir, haberme marchado con Alice y Jasper, y en mi mente todo es perfecto, nosotras lejos de el infierno frío que es Forks, con nuestros amigos, viendo crecer a un bebé en la pancita de Alice, sin embargo, por muy soñadora que yo fuese, medir la realidad se me daba bien, y sabía perfectamente que por el momento me era imposible marcharme.
O tal vez fue sólo cobardía, no lo sé, una adolescente asustada no piensa con claridad.
Los meses pasaron con tal lentitud que me parecieron años, para mí, cada cosa seguía donde había estado siempre, cada persona seguía igual, cada árbol, cada tronco, cada piedra… Tan verde. Nunca me había detenido a pensar en lo odioso y desagradable que me resultaba Forks, tan frío, desesperantemente pequeño, tan verde. Una prisión alienígena.
Una sonrisa bailó en mis labios frente a aquel absurdo pensamiento, mientras acomodaba la capucha de mi abrigo para salir a la calle.
—¡Jessica! —Grité al ver la hora en el reloj mural del recibidor— ¡se nos hace tarde!
—¡Ya voy! —Gritó de vuelta— Estaba dejándole agua y comida a Miko —se excusó rápidamente acomodando su bufanda— ¡Lista! —Canturreó con su habitual tono alegre, sonreí débilmente preguntándome que tan real era esa alegría que había visto durante años.
Jessica hablaba en sueños, y cada noche lloraba llamando a mamá y papá, rogando que volviesen que no nos dejaran y ahora se sumaban los nombres de Alice y Jasper a sus suplicas. Yo sabía que hoy estaba especialmente sensible sería nuestro primer día de clases del nuevo año escolar, y la primera vez que estaríamos sin nuestros amigos.
Y una horrible opresión me impidió respirar con normalidad mientras caminábamos por las grises calles de Forks. Me sentía demasiado vulnerable, en cuanto vislumbre los destartalos edificios juntos que servían como primaria y preparatoria, por un momento pensé que de la nada iban a aparecer mis amigos y reiríamos de algo sin sentido.
Pero eso no pasó, me despedí de Jess en su edificio y caminé lentamente hasta el mío, pensando en como habían cambiado las cosas en tan poco tiempo, la señora Brandon me odiaba por no decir nada sobre el paradero de su hija, y los Whitlock se habían marchado hacía unas semanas dejando una humareda de chismes detrás.
Llegué a mi casillero asignado, y guardé mi bolso, saqué los libros que necesitaba y busqué la lista con mis clases, cuando noté una hoja que no había visto antes entre mis cuadernos;
Bella
Decía en una de las caras de la hoja doblada, sonreí al notar la infantil decoración, y reconocer la caligrafía de mi hermana, la guardé junto a mis cosas y me fui a mis clases.
Todo fue perfectamente normal, entré a cada clase, las introducciones iguales a las de cada año, los mismos alumnos de siempre, los mismos maestros, excepto por una clase que no tuve el año anterior "ética y relaciones humanas" Con el señor Emmett Cullen. Parecía un buen tipo, algo que no se había visto antes entre los maestros, era joven, amable y atractivo.
E indudablemente tenía alguna relación con Edward Cullen, la misma imponente presencia, la misma aura de misterio y el mismo encanto natural. No tuve que preguntarlo, y obviamente no lo haría, pero antes de siquiera pensarlo Angela Webber lo había preguntado, con el rostro sonrojado y la voz pequeña.
La respuesta no sorprendió a nadie, era su hermano mayor, y por alguna razón me molestó que la siempre tímida Angela estuviese tan interesada en ello como yo.
El día terminó antes de lo que imaginé, iba de camino al edificio de Jess cuando lo vi.
Estaba sentado en el suelo junto a la puerta del copiloto de su auto, evidentemente borracho y con una botella, primero reí al ver como parecía discutir consigo mismo, pero luego recordé que seguíamos en la escuela y él tendría muchos problemas si lo descubrían así.
Muchos.
Me acerqué despacio, no muy segura de lo que estaba haciendo, ni si aquello era correcto, antes de llegar a cualquier conclusión ya estaba junto a él.
—¿Edward? —Llamé despacio, acuclillándome junto a él— Edward, ¿Estás bien? —Insistí al no obtener respuesta.
Sus ojos verdes se enfocaron en mí y su ceño se frunció enseguida.
—¿Qué quieres? —Preguntó groseramente, arrastrando las palabras como el digno borracho que era en ese momento.
—¿Ayudarte, quizá? —Solté sin querer más como una pregunta, ante su intimidante mirada.
—No necesito tu ayuda, lárgate —Exigió, tomando otro largo trago del líquido dorado de su botella.
Y el repulsivo aroma alcohol me enfureció— Idiota —Mascullé, poniéndome de pie, dispuesta a irme enseguida. Pero no contaba con que mi hermana nos había visto y corría en ese momento hacía nosotros.
—¿Qué le pasa? —preguntó llegando al fin.
—No lo sé, vámonos —respondí rápidamente tomando su brazo para alejarla de ahí.
—Pero, parece enfermo —Se quejó ella, soltándose de mi agarre y volviendo con él— ¿Estás bien? —Preguntó bajito claramente preocupada.
Edward volvió a levantar su cabeza con una mueca feroz, al parecer dispuesto a espantarla también, pero al ver la carita inocente y preocupada de mi hermana algo pareció cambiar, sonrió con tristeza y negó suavemente.
—¡No está bien, Bella! ¡Tenemos que llevarlo a un hospital —habló claramente exaltada.
—Para solucionar su problema no necesita un hospital, sino soltar esa botella —Informé agriamente.
Jessica me miró confundida y luego la botella que Edward tenía en su mano derecha, frunció el ceño al entenderlo. Justo en ese momento vi como el director junto a un par de alumnos se acercaban, no sé si se habría enterado que había un alumno borracho en el estacionamiento o si se trataba de algo más, pero de una cosa estaba segura, si lo llegaba a ver en ese estado, Edward tendría muchos problemas.
Muchos.
—¡Bella! —Llamó Jessica al ver que estaba perdida en mis pensamientos— ¡Ayúdame! —pidió, en cuanto giré mi cabeza la vi sentada en el asiento trasero del auto con Edward junto a ella y con su mano estirada hacía mí.
—¡¿Qué rayos haces Jessica? —Inquirí en un histérico susurro.
—No podemos dejarlo aquí, lo expulsaran —Explicó preocupada.
—No es asunto nuestro, baja ahora mismo —Exigí sin ninguna convicción sintiéndome flaquear.
—Bella… —Suplicó mi hermana con ojitos de cordero a medio morir, con un suspiro resignado tomé la llave que me extendía y subí al auto.
Nunca en mi vida había conducido algo así, parecía elegante y costoso, además del hecho de que era de Edward Cullen… Estaba sumamente nerviosa.
—¿Dónde vamos? —Pregunté dudosa, tratando de mantener el control del auto, mientras salía del estacionamiento.
—A la cafetería de los Webber —opinó Jess, quitándole la botella de la mano a Edward que se había dormido— esto es asqueroso —se quejó refiriéndose a la botella que lanzó por la ventana.
—OK, a la cafetería de los Webber —repetí nerviosa, sintiéndome completamente rígida y como mis manos comenzaron a sudar.
Y trataba de concentrarme en no estampar el costoso auto de Edward contra algún árbol.
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